Por: Sandra Beatriz Ludeña
Sobrevivir a la cultura del sacrificio es la misión a priori en estos tiempos, a qué me refiero. Para nadie es novedad que desde la infancia nos entrenaron para ver la vida como un sacrificio, recuerdo la dosificación de los momentos de felicidad que se practicaba en casa, nunca lo terminé de entender, pues, primero debía lavar los trastes, hacer las tareas escolares, hacer los mandados o encargos, para luego tener un tiempo libre para dedicarlo al juego.
De esta manera, se entrenaba mi cerebro para entender el destino sacrificado, porque según la filosofía del hogar donde crecí, había que aprender a “ser responsables”, es decir, aprender a responder ante la vida. Pero, qué tan bueno es este régimen de vida, donde la realización debe ser dosificada para que el humano no se vuelva mimado.
Debo decir que yo contaba con un juego de seis muñecas y un cofre de juguetes en miniatura, estos los usaba una vez por semana, porque antes se cumplía con requisitos que permitan la oportunidad para el disfrute. El modelo no ha cambiado, crecemos y vamos a ocupar un trabajo, pero éste exige cada vez más de nosotros, entonces, aplicamos los patrones de conducta, ya sabemos lo que es sacrificarse, entonces no es raro, trabajar año seguido, para obtener vacaciones, que se las dedica a otras actividades pospuestas, que exigen también sacrificio.
He visto que la generalidad considera buen trabajador al mártir, es decir, a aquel que es capaz de sacrificarse por el bienestar de los demás en la empresa, esto que estoy argumentando, proviene de modelos establecidos, difícilmente se los puede cambiar, pues, este tipo de mentalidad está presente en la mayoría de sociedades del mundo.
Las metas en los trabajos siempre son utópicas, porque son quizá planificadas para súper humanos, pues, allí radica la clave de tenernos luchando por conseguir un sueño, sacrificándonos para esa posibilidad futura de realización. Las metas son el automóvil, vacaciones en el extranjero, fiestas pomposas, o ganar unas atractivas comisiones y, en último grado, la posibilidad de la jubilación con un “jugoso retiro” o indemnización.
Pero ¿quién lo consigue sin morir en el intento? La cuestión es que cada vez está más extendido este sentido del “destino sacrificado”, las empresas que ofrecen sueldos fijos son cada vez menos y, las que ofertan trabajo independiente, convierten al trabajador en distribuidor, ya no hay trabajadores sino compradores, que son inducidos a comprar cada vez más y así, imponerles metas mediante planes de compensación utópicos, que mantiene a los integrantes ilusionados, sacrificándose para alcanzarlas, sin notar, “que por más que extienda las manos, nunca te alcanzo lucero”, es el destino sacrificado.
