El miedo y el mal

Por: Lcdo. Augusto Costa Zabaleta

El mal y el miedo son efecto y consecuencia de lo mismo, es imposible encontrase con el uno sin encontrase con el otro; quizá sean incluso dos realidades distintas, para una misma experiencia; uno de ellos se refiere a lo que vemos u oímos y el otro a los que sentimos; uno apunta al exterior, al mundo y el otro al interior, hacia dentro de cada uno de nosotros; lo que tememos es malo; lo que es malo nos produce temor.

Pero, ¿qué es el mal?, así planteada, esta es una pregunta irremisiblemente mal formulada, por mucho que nos obstinemos en hacérnosla incansablemente; desde el momento mismo en que nos hacemos la pregunta, estamos condenados a buscarle una respuesta en vano; llamamos ‘’mal’’ a esa clase de hechos negativos por la misma razón por la que nos resulta ininteligible, inefable e inexplicable; el ‘’mal’’ es aquello que desafía y hace añicos esa inteligibilidad que hace que el mundo sea habitable; podemos decir que es un “delito’’ porque disponemos de un código legislativo que todo acto delictivo vulnera; sabemos lo que es “pecado’’ porque tenemos una lista de mandamientos cuya desobediencia convierte a los infractores en pecadores; recurrimos sin embargo, a la idea de “mal’’ cuando no somos capaces de señalar la norma que ha sido infringida o saltada al producirse el acto para el que tratamos de hallar un nombre apropiado.

Para nuestros antepasados, el mal nacía o se despertaba con el propio acto del pecado y era devuelto a los propios pecadores en forma de castigo; si los humanos hubieran obedecido estoicamente los mandamientos divinos y hubieran optado sistemáticamente por la bondad sobre la maldad, el mal no habría tenido de donde venir.

Los filósofos modernos separaron los desastres naturales de los males morales, diferenciándolos precisamente sobre la base de la aleatoriedad de los primeros, frente a la intencionalidad o el carácter deliberado de los segundos; las emociones son múltiples y hablan con voces diferentes y, a menudo; la razón es una sola y tiene una única voz, por eso se distingue al mal administrado y llevado a cabo intencionalmente, contrario a la racionalidad.

Antes de Auschwitz (o de los crímenes de Hitler; de Hiroshima, etcétera) desconocíamos los impresionantes y terroríficos que los diferentes males causados por los seres humanos podían llegar a ser en cuanto pudiesen aprovecharse de las nuevas herramientas y armas suministradas por la ciencia y la tecnología moderna.

La consecuencia más fundamental y posiblemente, más siniestra, es la actual crisis de confianza; el mal puede ocultarse en cualquier parte y cualquiera puede estar trabajando a su servicio.

Lcdo. Augusto Costa Zabaleta

Ced. # 1100310455