CREO EN JESÚS, PAN DE VIDA

P. Milko René Torres Ordoñez

El Evangelio, todos lo conocemos, es una profesión de fe en quien sabemos que nos ama más allá de lo que podemos imaginar. Los santos, testigos de Jesús, entendieron que el amor verdadero nace de una voluntad que trasciende las esferas de lo que es racional, asumieron con mucha fuerza y compromiso su vocación.  Santa Teresita del Niño Jesús, descubrió en una lectura profunda de san Pablo a los Corintios que su entrega a Jesús, su amado, nacía de algo que quemaba sus entrañas.

El Evangelio según san Juan, en la continuación del discurso del Pan de Vida, centra su densa descripción del misterio que comprende la relación entre Jesús y la Eucaristía. Nos lleva a la conclusión de un tratado maravilloso. Nos ha permitido degustar el sabor auténtico del alimento que no perece. Su intención, como la de tantos autores iluminados por la pasión de Jesús, vive una permanente tensión espiritual, humana y supremamente existencial. La teología,  que brota de su intimidad consumada por amor a quien siguió hasta las consecuencias extremas de una vida en exilio, experimenta contradicciones y polémicas. Los interlocutores, oyentes con una visión subjetiva de la necesidad que implica saciar su deseo de satisfacer su hambre, no aceptan que Jesús pueda darles la vida eterna. Los discípulos, cercanos al entorno de quien los llama para anunciar la Buena Noticia, comparten y conviven tantos viajes misioneros y signos de fe, asumen el peso del escándalo. Abandonan a Jesús. Salen de las entrañas de una comunidad cristocéntrica que debía defender una nueva manera de comunicar la naturaleza y la vida del Señor resucitado. La Eucaristía, es más que un anticipo a la realidad de lo que nos espera en una eterna comunión de fe y vida con su Maestro. Cristo, el Ungido, dueño de la vida, impregna la belleza del amor en un sacramento que llena de plenitud y de paz. San Juan recurre a un símil. El Hijo del hombre que va a ser glorificado. Participaremos de su resurrección. La contradicción para nuestro autor sagrado acentúa su nivel de importancia en las afirmaciones frecuentes acerca de la “carne”. El Espíritu da vida. En este discurso la identidad de la “carne” significa la vida concreta de la que disfrutamos en nuestro mundo. La historia que vive el Hijo del Hombre, la comparte con la humanidad, con el mundo destinado a navegar en las olas de la salvación. La meta definitiva del Verbo hecho Carne por todos, es una vida en gloria. El mundo, gracias a su Palabra de vida en gracia, tiene que ser actual, también nueva y recreada. San Pablo, en su teología escrita algunos años anteriores, remarca una profesión de fe en la Eucaristía. Ella no se celebra desde la memoria de un pasado, aunque sea muy apasionante. Actualiza el momento culminante: Jesús murió en la cruz por cada uno de nosotros. La Eucaristía es vida. Jesús cuestiona a sus discípulos sobre su convicción y decisión para llegar hasta las últimas consecuencias. La disyuntiva radica en seguirlo o abandonarlo. Pedro responde: “¿A dónde iremos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!”. La Eucaristía es totalidad porque nosotros vivimos por Jesús.