Volver a clases

Juan Luna

Quilanga, 30 de agosto 2024

Aproximadamente dos millones de niños, niñas y adolescentes, luego de un merecido descanso en el régimen Sierra-Amazonía, se apresta a volver a sus aulas escolares. Vuelven la alegría del reencuentro, los abrazos, las sonrisas inocentes y un profundo deseo de aprender, de crecer. Los docentes, en los días previos, han tenido una cercanía con las nuevas orientaciones pedagógicas, con la planificación y la propuesta de modelo educativo competencial que propende el desarrollo de habilidades comunicacionales, digitales, socioemocionales, de razonamiento lógico, la inserción de nuevas asignaturas curriculares y el fomento de valores.

El volver a clases no es, únicamente, cumplir con el calendario escolar o una repetición de lo que año tras año se realiza, sino, significa, renovación, esperanza, nuevos retos y oportunidades para aprehender, que no es, sino nuevos conocimientos, saber hacer, saber convivir y saber ser que forjan nuevas historias de vida.

Quiero contarles algo de mis años de niñez y de mi paso en las aulas de mi entrañable escuelita por los años ochenta, con un estilo de rigidez por el aprendizaje, la disciplina y la vivencia de valores cívicos y humanos. Puedo afirmar, sin la menor, duda, que aquí están mis bases, mis fundamentos, mi identidad, mis principios y convicciones de lo que hoy soy y proseguiré siendo mañana.

La suma de recuerdos y memorias están alrededor de mis maestros, de mis compañeros. Su estilo y forma de enseñarnos, con sapiencia, con alegría con vocación, por supuesto, no faltó el castigo y el llamado de atención cuando por nuestra necedad y desinterés no aprendíamos. El lunes cívico con el máximo respeto a nuestros símbolos patrios y una demostración de aprendizajes y habilidades ante el público nunca faltaron. No bastaba para el maestro de entonces saber leer, saber escribir, saber, sumar o saber contar la historia, era tanto y más importante los valores que hasta teníamos la asignatura de cívica y de lugar natal.

De mis compañeros traigo a la memoria su esfuerzo, la amistad que perdura en el tiempo, los juegos recreativos en las horas de educación física, el deporte en los recreos, el compartir y una forma de aprender en grupo. Todos, hoy, estamos repartidos por distintos lugares del planeta, pero todos bien y muy bien en sus familias, en su trabajo en su vida.

Evocar estos recuerdos de mi niñez pueden parecer un simple viaje al pasado nostálgico, no, va más allá, es recordar la historia de mi infancia donde compartí y viví seis años. Su espacio físico se conserva hasta hoy, pero en realidad, mi escuela es el corazón de mi educación y formación, es el sitio en el tiempo que forjaron mi ser de ciudadano y de persona. Aquí no solamente me enseñaron a leer, escribir y las operaciones básicas, aprendí a hacer amigos; a crear memorias, formar el carácter y vivencia los valores y creencias que perduran hasta hoy.

La escuela, el colegio, entonces, juegan un rol importante en el desarrollo integral de los niños, niñas y adolescentes, es en las aulas donde ellos deben ser felices que es la expresión de una buena vida. Un estudiante feliz aprende más, recuerda más lo aprendido y logra más en su vida futura. Un niño feliz, realizado, es un adulto más productivo, con mejor salud física y mental, con mayor participación cívica y tiene menos probabilidades de desarrollar conductas de riesgo o delictivas.

La UNESCO nos propone un modelo de escuelas felices que comprende personas, procesos y lugares. Bienvenido este nuevo lectivo donde edificar la felicidad es un reto.(O)