José Antonio Mora
Cenizas que se van perdiendo en la nada. Nuestras entrañas se cocinan al rojo vivo. En todas las latitudes del globo, vamos ardiendo. No es solo el acto ingenuo de quemar una parcela, es cada basura que botamos en un espacio que, en realidad, no nos pertenece, sino al que pertenecemos. Ese simple segundo, multiplicado por los billones de habitantes, nos condena a un futuro distópico.
Sin embargo, esa basura no es solo la del acto material de un desecho inorgánico. Es un desecho de la sociedad. Estamos en la generación de los antivalores, donde quien más se rebela debe ser más considerado y respetado, por el mero hecho de que nuestro sistema se ve obligado a respetar, defender y promover los grupos minoritarios. Sin embargo, ¿cuánto se debe permitir el diálogo abierto de nuevas tendencias generacionales en la sociedad? Hablo de identidad de género, de libertinaje, de explicitez, de promulgación de pensamientos y actos a los que no todos están listos para discernir de la forma más adecuada.
Lo que vemos arder en aquellos cerros, que duelen en nuestra alma, es el reflejo de lo que la existencia clama: reflexión, corrección y acción. Estamos edificando un purgatorio para nuestros hijos, nietos y sus futuros descendientes. No pretendo ser moralista, simplemente entender que se deben respetar los límites dentro de un sistema que actualmente se ha salido de control.
Ya es común percibir olor a marihuana en las plazas, hablé de droga, ver expresiones indecorosas o sexuales en público, violencia, abusos en cualquier parte del mundo. La falta de criterio se ha propagado como el petróleo en nuestros ríos vírgenes y mares inexplorados. La ausencia de valores baila en nuestras miradas, como un vals que nos sonríe ante la impotencia de hacer algo bajo el escudo de la intolerancia.
Estamos en Sodoma y Gomorra. Bienvenidos al ocaso. Sueño con un incendio que se apague con respeto, pero con firmeza; con comprensión, pero con conciencia. Sueño con reforestar nuestras generaciones de ideales, de valores, de madurez y de crítica constructiva, para contrarrestar en algo el creciente tsunami del simple deseo de vivir los placeres inmediatos, sin esfuerzos.
En fin, utopías que quisiera vivir antes de cerrar los ojos en la eternidad.(O)
