Las maneras humanas de ser-en-el-mundo leyendo

Galo Guerrero-Jiménez

Los libros son la mejor expresión viviente del amor y la pasión puestos en quien los escribe y en quien los lee con el fervor y el deleite que le son característicos porque, consciente o inconscientemente, engrandecen el potencial de nuestra inteligencia cognitiva, lingüística, cultural y estético-ecológico-ética; y todo porque, la palabra escrita contiene el germen de la vida y de la inmortalidad que, desde el ritual que cada lector activa mentalmente, ese lenguaje se vuelve exquisito, saludable y se convierte en un símbolo de poder para actuar ante la otredad por medio del pensamiento filosófico, reflexivo, analítico, dialógico, interrogativo, rebelde, cuestionador, contemplativo, trascendente y crítico, entre otras reacciones lectoras.

Desde la lectura sentida, envolvente, atrayente, el mundo se hace más real, más dinámico, puesto que hay una mirada antropológica, cívica, ciudadana, ágil, de asombro y poderosamente subjetiva  para analizar el mundo objetivo e inmaterial desde una práctica humanística, pedagógica, formativo-estética y viviente, puesto que lo impulsa al lector a descubrir lo inhumano que hay tras ese aparente humanismo que determinados grupos, apropiándose de un poder oficial, proclaman su palabra para engañar y estafar a quien vive marginado por la sociedad y por la misma educación que a nombre de impartir conocimiento, este se queda estancado raquíticamente en la memoria mecánica y atrabiliaria de un alumno que solo aprende para cumplir con una evaluación que castiga y que casi nada educa.

Por eso, que importante que es preparar la mente para que el lector aprenda a concentrarse en ese grupo de palabras, de lenguaje que aparece en la página o en la pantalla, de manera que pueda activarse el proceso de atención que está ubicado en la corteza cingular anterior del cerebro. Cuando el lector logra ser atrapado por lo que lee, o cuando escucha a sus padres, a su docente o a una amistad muy sentida, se activa la razón y la emoción, lo consciente y lo inconsciente; pues, la zona consciente del cerebro, como señala la psiquiatra Marian Rojas Estapé, “se activa para ayudarnos a darnos cuenta de que estamos distraídos y queremos redirigir la mente a lo que estábamos realizado. Nos ayuda a salir de pensamientos rumiativos y obsesivos. Es una zona muy importante para alejarnos de la rigidez y de las preocupaciones que nos aturden” (2024), de manera que, solo así, pueda contraer la mejor atención cerebral.

Por lo tanto, lo interesante de leer es que, si he logrado poner toda la atención posible, es factible comprender y, al comprender, el pensamiento se vuelve ágil y, por ende, me dispongo a inferir y, conforme avance en la atención puesta en un tema de lectura determinado, estaré listo para utilizar esa información y ese conocimiento con gracia, con sabiduría y con la predisposición para filosofarla, puesto que, el lector tratará de reflexionar, “intentando presentar esta relación en acción: trazar, señalar y documentar las aspiraciones compartidas, las inspiraciones mutuas e intercambiar sobre estos dos tipos de miradas hacia la condición humana… maneras humanas de ser-en-el-mundo, con sus penas y alegrías, potenciales humanos desplegados o bien ignorados, incluso malgastados, perspectivas y esperanzas, expectativas y frustraciones” (Bauman y Mazzeo, 2019), o cualquier otra mirada que, con la atención bien puesta en lo leído, es posible localizar “el espíritu de una idea que va más allá de lo que podemos imaginar, [como si se tratase de un batir de alas que] me conmueve cada vez que doy un paso esencial en el pensamiento y me aventuro en lo intransitado. Sin el batir de alas, sin las alas del eros, el pensamiento no es posible. Quien piensa necesita despegar con las alas del eros hacia lo intransitado, hacia lo que aún no ha nacido o hacia lo venidero; en definitiva, hacia lo nuevo” (Han, 2024) que implica leer con la esperanza de humanizarme.(O)