¡Mi abuela, memorias de una gran maestra!

Por Ruy Fernando Hidalgo Montaño

En los albores del siglo pasado, cuando la vialidad en nuestra provincia especialmente y en el país generalmente, era muy rudimentaria en algunos lugares, mientras que en otros sitios ni siquiera existía, en ese escenario tan complicado, hombres y mujeres de ese tiempo hacían todo lo posible para sacar adelante a la patria, en diferentes aspectos, se las ingeniaban para con esmerado trabajo y sobre todo inmensa honestidad propiciar el desarrollo nacional para legar a las futuras generaciones un ejemplo digno de emularse.

En medio de esos caminos agrestes y peligrosos, cabalgaban a lomo de mula muchos soñadores aferrados a la utopía de fabricar, con nobleza, horizontes de dignidad para su gente. Eran soñadores de alma buena, que pese a las dificultades y aridez del sendero seguían en pos de sus ideales. Entre estos pioneros del Ecuador de hoy, estaba mi abuela, Balbina Hidalgo Añazco, quien en las primeras décadas del siglo 20 ejercía, con profunda vocación, la docencia de niños y niñas en la provincia de Loja y El Oro, respectivamente, una mujer súper apasionada por la educación, pasión que la llevó muy joven a transitar por la indómita geografía lojana de aquel entonces, solo animada por el afán de llevar la luz del saber a la niñez ávida de conocimientos de la época.

En su diario, recientemente encontrado, relata mi abuela, que eran tiempos sumamente complejos para ejercer el magisterio, pues para ello se requería un verdadero compromiso de entrega a la noble causa de formar niños y niñas que luego se convirtieron en hombres y mujeres de bien, la joven Balbina refiere en páginas de su diario que, a los maestros de su tiempo les tocaba hacer de todo y más aún si se desempeñaban en la ruralidad como fue su caso; cuenta que en sitios muy aparatados tenían que fabricar desde materiales de construcción para la escuela, como teja y ladrillo, hasta buscar crear  conciencia en los padres de familia sobre la importancia de que sus hijos se eduquen. Esas páginas en las que mi abuela expresa su profunda pena e impotencia frente a la deserción escolar de esa época, manifestada en varias cartas a las autoridades de ese tiempo, me dan la pauta de la mujer visionaria que era, puesto que las situaciones que entonces la preocupaban, persisten hasta la actualidad, como la baja remuneración de los maestros, la deserción escolar, el poco o nulo interés de algunos padres porque sus hijos accedan a educación de calidad y la despreocupación de los poderes centrales por el progreso del sistema educativo.

Mi abuela, Carmen Balbina Hidalgo Añazco, se fue en agosto de 1974 y estoy seguro que partió tranquila, porque aparte de la docencia fue socia fundadora de entidades de obreros que permanecen vigentes hasta ahora, una escuela de niños en la parroquia San Lucas del cantón Loja lleva su nombre, único homenaje a una labor callada y claro, el gran orgullo que sentimos como familia.