De poder y mentira, ¡el pueblo no respira!

David Santiago Maldonado Peralta

En el noble escenario de la Asamblea Nacional, nuestros ilustres legisladores parecen debatir temas de extrema importancia como «lo descubrido», «lo resolvido» y, por supuesto, «lo más mejor». Entre estas joyas lingüísticas, el ciudadano común y corriente, ese que se levanta temprano para ganarse la vida, ha dejado de existir en el discurso político. Como decían por allí, “uno ya ni sabe si están trabajando o actuando”. Y es que, mientras discuten sobre cómo salvar el país (o lo que queda de él), el verdadero sentir del pueblo sigue siendo una anécdota perdida entre promesas vacías y discursos llenos de lugares comunes.

El escenario no estaría completo sin aquellos personajes que buscan la reelección, defendiendo lo indefendible. Son expertos en desviar la atención y, por supuesto, en presentarse como los salvadores de la patria, cuando lo único que han salvado hasta ahora es su propia imagen. Con una mano al pecho y otra en el bolsillo, nos aseguran que la próxima vez  cumplirán sus promesas, aunque, claro, su historial indica lo contrario. Estos héroes autoproclamados del cambio no dudan en hacer malabares verbales para justificar lo injustificable, mientras el ciudadano de a pie se pregunta en qué momento nos convertimos en espectadores de un espectáculo político tan desconectado de la realidad.

Y luego están ellos, los inquebrantables. Esos que llevan tanto tiempo en la política que parecen muebles antiguos en una casa moderna: fuera de lugar, pero difíciles de sacar. Enredados en escándalos de corrupción que explotan a diario, no dejan de mostrarse con sonrisas confiadas y promesas recicladas. El problema no es que estén involucrados en estos escándalos, sino que lo hacen con tal naturalidad, como si fuera parte del trabajo. En lugar de presentar propuestas de ley significativas, algunos parecen haberse especializado en lo contrario: en no hacer casi nada, pero siempre estar presentes. ¿Tres proyectos de ley en todo un periodo? No, eso sería mucho pedir. Es más fácil mantenerse en la zona de confort, en una especie de letargo legislativo donde el único esfuerzo que se ve es el de mantenerse en la escena, como si la simple presencia ya fuera un logro.

Es como ver a un chef que promete un banquete, pero solo sirve migajas. Nos dicen que están trabajando en grandes reformas, en soluciones estructurales, en proyectos que cambiarán la vida de la gente, pero al final, lo único que entregan es un puñado de iniciativas mal cocinadas y aún peor ejecutadas. Y mientras tanto, el pueblo sigue esperando un verdadero cambio, no las sobras de un banquete que nunca llega. No obstante, estas figuras aún esperan ser aclamadas por su «esfuerzo».

A pesar de este panorama gris, no todo está perdido. En medio de este circo, hay quienes realmente han demostrado que es posible trabajar, que han levantado proyectos con resultados tangibles. Son esos rostros frescos, que no solo se presentan con palabras, sino con hechos. La juventud, en particular, representa una esperanza real. No están contaminados por las viejas prácticas ni por los vicios de quienes han estado en el poder por demasiado tiempo. Son ellos los que realmente entienden la necesidad de cambio, los que saben que no basta con prometer, sino que es necesario cumplir.

Es momento de que el ciudadano deje de ser un espectador pasivo en este circo mal montado y se levante con fuerza. Porque, cuando un árbol está podrido, se corta de raíz y no se mira atrás. ¡Ya basta de soportar lo inservible, de aceptar lo mediocre! Es hora de limpiar el camino, de arrancar lo que no sirve, y sembrar lo que realmente hará florecer el futuro de nuestro país. ¡No más excusas, no más retrasos! ¡El cambio debe ser ahora, y quien no esté dispuesto a trabajar, que se haga a un lado! ¡El Ecuador no espera!