La palabra con sentido

Por: Sandra Beatriz Ludeña

Ahora que vivir es cosa tan triste, por la cantidad de sucesos que abochornan el mundo, viene a mi memoria la imagen de Aylan Kurdy, un niño sirio, de tres años de edad, cuyo cadáver yacía bocabajo en la orilla de una playa en Turquía, en septiembre del año 2015, y que conmovió al mundo por ser la evidencia de las persecuciones humanas, la crueldad y lo que significa la guerra.

Pensando en Aylan que no ha quedado lejos de mi corazón, veo ahora muy cerca también, la muerte de tantos otros caídos en la desgracia, muertos por la desenfrenada búsqueda de poder, pues, vivimos en un mundo lleno de odio y disputas obsesivas por temas políticos, religiosos, raciales, vecinales y más.  Pero, que en el fondo camuflan la búsqueda de intereses económicos, para lo cual se pasa por encima de cualquiera, se levanta el edificio de la corrupción, se destruye el ambiente y, se siembra la inseguridad y el miedo.  

Afirmo que veo ahora muy cerca, pues, la fórmula de polarizar grupos y enfrentarlos, ya no se da solamente en el lejano oriente, ahora acá en nuestro propio suelo se practica y les resulta muy fructífero para quienes buscan camuflar la corrupción, pues, mientras otros se destrozan en luchas sangrientas, los más perversos siembran la inseguridad, el miedo y por debajo o detrás, firman acuerdos, manejan las influencias, hacen y deshacen a sus anchas, para la captura del poder y asegurar los intereses económicos, que son en última instancia lo que cuenta.

Resulta entonces desesperanzador vivir, a no ser que se tenga una razón, porque la esperanza en el ser humano no ha desaparecido.  Es justamente aquí que se responde aquellas preguntas existenciales básicas ¿Quién soy? ¿Qué hago en este mundo? ¿Por qué vivir?

En mi caso puedo decir, que la pregunta más importante es ¿Por qué escribir? Y mi respuesta es porque quizá la más fiable tabla de salvación para el mundo es saber sentir, pues no se escribe sino se siente.  Es decir, la misión no solamente en escritura, sino en cualquier  actividad a las que demos vida, es dedicarla a los otros, tratando de solucionar los dolores del prójimo, no pensar solo en uno, sino también en el resto, aprender a ponerse en la piel del otro y tratar de comprender.   

Con ese pequeño ejercicio cotidiano logramos que el corazón no se endurezca y, podemos ser capaces de estar alerta, de no naturalizar la crueldad, de identificar quién y porqué nos tratan de manipular, de colocarnos unos contra otros y no permitir que nos lleven a la guerra. Solo así construimos cultura de paz. La palabra con sentido es eso, paz y bienestar para todos.

Por lo dicho, cuando alguien nos cuenta algo, cuando alguien nos propone algo, siempre hay que pensar ¿por qué? ¿Qué busca en el fondo? Pues, siempre hay que propender a encontrar la “palabra con sentido”.