Benjamín Pinza Suárez
Ayer fue el Día Nacional del Pasillo, uno de los géneros de mayor raigambre popular y de profunda identidad de nuestro pueblo. Se creía que este género musical, de a poco, estaba perdiendo audiencia a pesar de contar pasillos de antología creados por compositores y poetas insignes, cuyas creaciones superan los ochenta años de admirable vigencia; no obstante, para bien de nuestro pentagrama nacional, se ha levantado una ola de jóvenes cantantes e instrumentistas que han comenzado a desempolvar muchos temas del ayer dándoles el brillo de esplendor que se merecen, a más, por supuesto, de surgir gestores de este género como es el caso de Jorge Veintimilla que con gran entereza, fuerza propositiva y motivadora puso en marcha el Festival del Pasillo Lojano, dando impulso con ello al advenimiento de nuevos creadores e intérpretes que le han comenzado a dar al pasillo un estupendo baño de frescura con augurios de perennidad.
Y haciéndose eco del valor que se debe dar a este género musical, la Carrera de Artes Musicales de la UNL, ha organizado un importante conversatorio con el tema: “El pasillo, Nuestro Patrimonio, Nuestro Legado” con la participación de grandes músicos, compositores y arreglistas como: Mario Godoy, Leonardo Cárdenas y Marcos Cañar. Es que, a no dudarlo, la música en sus diferentes géneros es el arte de animar los buenos sentimientos para despertar el alma por medio de vibraciones sonoras sometidas a ritmo según las leyes de la melodía y la armonía. La música en sus formas rítmicas aparece vinculada íntimamente con la vida humana.
“Los griegos hicieron de la música junto con la poesía, uno de los fundamentos principales de la educación. Sus modos musicales constituyeron el elemento básico de la música eclesiástica inspirada en sus orígenes por San Ambrosio y San Gregorio el Grande”. Los estudiosos de este divino arte creen que el hombre primitivo descubrió el sonido que daría lugar a la música, pero luego se pensó que era más probable que sea el ritmo el elemento básico no solo en la música sino en las manifestaciones diarias de la vida, por cuanto lo tenemos presente en el universo y en nuestro diario vivir, cuando caminamos, cuando escuchamos los latidos del corazón, el cantar de las aves, el movimiento de las plantas, en las vibraciones emocionales e incluso, en el modo de hablar. El ritmo y el sonido no requieren de disposiciones técnicas porque el hombre canta espontáneamente, dando palmadas, golpeando algún objeto, sin que requiera disponer de un instrumento. De manera que, el ritmo y el sonido son los elementos primarios que dieron origen a la expresión musical, convirtiéndose, de esta manera, la música en un don mágico que posee fuerza terapéutica que al escucharla instrumentalmente genera sosiego y paz interior.
Si la música es la esencia de todas las cosas, es porque tiene una naturaleza enigmática y es la más antigua y elemental de todas las artes. La música libera al hombre de ataduras y le da el privilegio de poderse conocer así mismo; pues, en el espejo de la música el corazón humano aprende a descifrar su ser profundo, enriqueciendo su espiritualidad.
Estas profundidades psicológicas reflejadas por la música, tienen sus raíces en la naturaleza de la vida cósmica y en la esencia más íntima del hombre. La música rompe barreras logrando sublimidad que ningún otro arte posee, como si en ella hablase un lenguaje de genios penetrando en los rincones más ignotos de nuestro ser. Las personas que han nacido para cultivar y producir la música, deben amarla por siempre porque es la compañera más leal y excelsa en el perenne horizonte de la vida.
