Pensamiento racional y crítico para leer y escribir

Galo Guerrero-Jiménez

Usar la palabra para expresar lo que sabemos y para indagar el conocimiento con argumentos y con la cognición más sentida, siempre le será favorable a todo ciudadano, porque debe estar alerta, pendiente, actuante y atento para conocer a profundidad todo lo que le corresponde saber racionalmente según su estatus de formación y de educación en los actos que haya elegido en su vida para realizarse racional y emocionalmente, es decir, con coherencia, disciplina y voluntad para conseguir los objetivos que cada persona debe trazarse en cada acto humano.

En este orden, saber actuar racionalmente debe ser el lema o el vector que oriente nuestra vida porque eso significa apegarnos a la verdad para fortalecer nuestra cognición y nuestra capacidad lingüística. Y, por supuesto, como muy acertadamente lo expresa Steven Pinker: “Por muy acertados que sean nuestros sistemas cognitivos, en el mundo moderno hemos de saber cuándo dejarlos de lado y dirigir nuestro razonamiento hacia los instrumentos: las herramientas de la lógica, la probabilidad y el pensamiento crítico, que amplían nuestras capacidades de razonar más allá de las que la naturaleza nos ha otorgado” (2021) para actuar no solo en orden a lo fríamente expuesto o razonado, sino porque desde este actuar racional es posible la solvencia moral y estético-ética con la cual deberíamos actuar siempre, tanto en el tratamiento con el colectivo humano, en el estudio de la ciencia o de cualquier disciplina humanística por la que nos sintamos atraídos profesional u ocupacionalmente.

Y qué mejor que, para tener argumentos racionales acudamos a la palabra escrita, la cual siempre será un modelo en el cual ampararnos para aprender a conocer la verdad y nuestras creencias, por supuesto, si estamos en condiciones de leer, no para cumplir una tarea por obligación escolar o académica, sino porque, si logramos empoderarnos de la lectura de un texto determinado, como señala el papa Francisco, se trata de un gran bien universal, dado que “desde un punto de vista pragmático, muchos científicos sostienen que el hábito de la lectura produce efectos muy positivos en la vida de la persona; la ayuda a adquirir un vocabulario más amplio y, por consiguiente, a desarrollar diversos aspectos de su inteligencia. También estimula la imaginación y la creatividad. Al mismo tiempo, esto permite aprender a expresar los propios relatos de una manera más rica. Además, mejora la capacidad de concentración, reduce los niveles de deterioro cognitivo, calma el estrés y la ansiedad” (2024).

Por consiguiente, nuestra racionalidad puesta al servicio de un pensamiento crítico para conseguir lo que modestamente y de forma muy sencilla recomienda el papa Francisco. Pues, leer no es tarea exhausta, sino benevolente, actuante y de un poder mental de decisión, voluntad y atención para descubrir qué tipo de aire respira el texto, de manera que el lector pueda tener las suficientes fuentes de discernimiento para analizar, reflexionar y criticar ese texto, de manera que le sea posible abstraer argumentos personales como producto de la incidencia de ese texto leído, como, por poner un ejemplo que plantea Joaquín Rodríguez:

“No es posible fomentar el interés por los libros y la lectura si la escuela les resulta (a todos esos alumnos que desertan y fracasan) ajena, si los lenguajes que la academia utiliza les parecen extraños, si las expectativas de realización cultural de los jóvenes no coinciden en punto alguno con las propuestas canónicas de los currículum escolares, si no existe empeño por compensar activamente las diferencias de origen, que son diferencias de prácticas, hábitos y lenguajes” (2023); circunstancias estas y otras, según las vivencias de cada individuo que, por falta de argumentos para entender una realidad determinada, no le permiten discernir para actuar con razonamientos adecuados y con pertinencia al problema que a veces se vuelve complejo.