Salud psicológica y caminos de pensamiento lectocrático

Galo Guerrero-Jiménez

La escritura y la lectura tienen muchos caminos de realización personal y profesional, tanto en el plano humanístico como en el científico, en el filosófico-artístico y en el literario-socio-antropológico que, cada cual con sus fuentes de conocimiento, fortalecen y fomentan el camino de la libertad en el desarrollo del pensamiento democrático, ciudadano y con miras a la construcción de un historial autobiográfico racional, emocional y de convivencia para seguir indagando en la naturaleza de nuestra condición humana.

Mientras más ahondamos en nuestra condición humana desde cualquier frente del conocimiento y de la ficción, la cual viene marcada por la potencialidad de la creatividad y de la imaginación más sentida, más caminos aparecerán para que cada escritor y cada lector encuentren modos de actuar desde el sentido de su experiencia poética o de narratividad personal que el cerebro potencia lingüísticamente para captar realidades profundas en lo más hondo de nuestra vida personal, social y cultural, que lo promoverán para que el camino de creación en la escritura y de interpretación lectora a través de múltiples imaginarios que el lenguaje construye cognitivamente, pueda llegar a ser la expresión de un marco libertario y democrático, el cual trae consecuencias personales y comportamientos fenomenológicos que habitan en la memoria personal para asumirlos con más ahínco en cada encuentro con el texto.

Pues, como señala María Teresa Andruetto: “Ahí, donde hay un lector, hubo antes otros lectores, una familia, un maestro, un bibliotecario, una escuela, un otro o unos otros que tendieron puentes” (2015) para que esa escritura de corte literario, o científico, o humanístico en general, haya sembrado y trazado un camino lector con temas que realmente le interesan a esa persona que, poco a poco, se va adentrando en el mundo de las letras y de ese lenguaje que va marcando una identidad y un compromiso altamente razonado dentro del comportamiento humano de cada escritor y de cada lector que permanece vigilante para actuar personal y socialmente, y desde una salud psicológica comportamental en la que, “en cualquier caso, las batallas las ganan los soldados cansados; las guerras, los maestros de la fortaleza interior. Esa fortaleza interior nos ayudará a superar los problemas, y se cultiva aprendiendo a dominar el yo interior, los pensamientos del pasado o inquietudes del futuro que nos atormentan y nos impiden vivir de forma equilibrada en el presente” (Rojas Estapé, 2022).

En todo caso, sea cual fuere esa salud psicológica, el libro escrito y el libro leído cuando gusta, el lector se queda con él, porque le produce una sensación de confianza, la cual, como señala Rojas Estapé, “tiene un efecto positivo. El cerebro, ante este pensamiento de alivio y esperanza, libera sustancias químicas tipo endorfinas” (2022) que hacen que, por supuesto, avance con la lectura con el mayor deleite y concentración de pensamiento, hasta llegar a ser capaz de pensar por sí mismo y hacer reflexiones de alto nivel, como, por ejemplo, las que plantea el escritor Joaquín Rodríguez, cuando habla de lectocracia: “La lectocracia, en suma, sería el ejercicio de la lectura como fundamento del espíritu crítico, del pensamiento capaz de trascender las convicciones más larvadas, las certidumbres más escondidas, todo aquello que aceptamos irreflexivamente como un a priori incontestable y que es tan difícil de reconocer como tal precisamente porque duerme agazapado entre nuestras evidencias más irreflexivas” (2023). La lectura, entonces, como un camino para labrar nuestra condición humana desde el ángulo de un espíritu crítico, en el que la reflexividad sea el producto de una autoconstrucción personal y socio-colectiva en la que la libertad de expresión nos encamine a ser lectocráticos.