Con las brújulas rotas caminamos
sin poder distinguir cuál es el norte,
tras el muro viviente germinamos
la cebada que hace poco germinamos
en las bocas de gigantescos portes.
Nos bebimos los últimos sabores
sin pensar que al final nos faltarían;
solo quedan los prístinos dolores,
arcoíris carentes de colores
y las lenguas que frutos lamían.
Despreciamos las lúbricas piruetas
de las aves amantes de verano;
apedreamos las colas de cometas,
fusilamos la paz de recoletas,
apreciábamos todo lo mundano.
Las armas desplazaron los arados
golpeando los surcos florecientes.
tiranos en las leyes amparados
anudan los estómagos hambreados
de hombres con sus rabias impotentes.
