P. Milko René Torres Ordóñez
San Juan nos introduce en el núcleo de una narración en la que Jesús afronta un proceso de juzgamiento ante Pilato. Parece que el autor sagrado pretende acentuar que el centro de interés en la confrontación del Salvador es con Roma, la capital del mundo en aquel tiempo. Jesús, solo, frente al poderío de un imperio que tiene todo a su alcance. El arco dramático del texto tiene dos escenarios en los que se realizan los episodios. El primero, en el interior del pretorio donde existe un entorno de paz y en el que Jesús demuestra su grandeza.
El segundo, en el exterior, en el que predomina un aire de odio y de violencia, con la decisión de declarar culpable a Jesús. San Juan presenta dos diálogos entre Pilato y Jesús con la intención de reafirmar su realeza. Es la hora de Jesús. Pilato, en nombre del mundo romano, quiere lavarse las manos para liberarse de toda culpa. En todo el relato encontramos un trasfondo político.
Pilato, al tiempo de declarar la inocencia de Jesús, reconoce que los cristianos que viven en su territorio no tienen ninguna responsabilidad política. En el contenido teológico del pensamiento de san Juan conviene destacar una gran verdad: Jesús, el acusado, no es cualquier personaje a quien Pilato escucha y observa con suma incertidumbre. ¿Quién es Él? “Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?”.
La respuesta de Jesús, signo de grandeza y humildad, remueve cualquier nivel de conciencia, como el rugido de una ola en un mar impetuoso: “Mi reino no es de este mundo…mi reino no es de aquí’. El Rey Eterno, Jesús, proclama su verdad. Al Procurador de Roma no le interesa profundizar en la intensidad del misterio del Hijo de David. Roma, en todo su apogeo económico y político, representa el mundo de la mentira. La “verdad” que enarbola Jesús, como bandera discutida, devela muchas cosas que nunca han podido conocerse.
La manifestación de la gloria divina en Jesús ha llegado a la humanidad para recibir la plenitud de la gracia. San Juan ha recogido con realismo, con gran claridad, y cuidado, este momento que marca el cumplimiento histórico de la presencia de Alguien que vino para asumir nuestra debilidad y llevarla a la gloria de la resurrección. “Tú lo has dicho. Soy Rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad”. Pilato escucha. Quizá no asimila el torrente de contenido que baña su conciencia y debilita sus afanes imperialistas. Jesús, fuente de agua viva. Camino, Verdad y Vida. Luz del mundo. Reafirma su identidad con una presencia majestuosa que inunda el interior del palacio. Ante este manifiesto cristológico y mesianico la humanidad lo proclama Rey de Reyes. Señor de Señores: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. El poder y la autoridad de Jesús, a diferencia de cualquier rey temporal, tiene la esencia y la mística del servicio, coherente y consecuente, a los más necesitados. A los “sin voz” de todos los tiempos, lugares y culturas. El legado de su reino se resume en el amor y en la entrega.
