Desde “Diarios del paleolítico”

Por: Sandra Beatriz Ludeña

En el Festival Internacional de Artes Vivas Loja (FIAVL), edición 2024, he tenido la oportunidad de aproximarme a la poesía de César Eduardo Carrión, poeta que ha asistido a nuestro FIAVL para presentar su libro “Diarios del paleolítico”, la lectura de sus poemas ha provocado este impulso, por el cual, no podría dejar de describir mi experiencia distópica, ya que nunca antes al analizar poesía, viví lo que provocaron los versos de Carrión, que me tomaron no sé dónde, posiblemente de un hilo que ancló el pensamiento, conectando con el corazón y luego se instaló en una estrella lejana, desde donde gobierna la paradoja.

En su “Ciudad sin nombre, último día del Antropoceno”, anuncia: “Mañana nos mudaremos de casa para siempre, mi amada hija. / Pero para siempre es solo un decir: No sabemos si es destierro / Llegará antes que el exilio o si la expulsión es lo mismo que la huida. / Y casa es cualquier lugar distinto del cuerpo que nos agobia, / De la piel que se desmorona, de los huesos que colapsan…” /.

Encuentro en sus versos el tradicional canto de la poesía, que aunque no contenga coincidencia rimada, conserva sonoridad y encanto, donde en su agigantado paso desde el pasado de lo que significa Antropoceno, salta para ir al futuro apocalíptico, anunciando el autoexilio, describiendo lo que espera al humano luego de su propia destrucción.

Encuentro que Carrión ya no crea simplemente su canto, ni siquiera para el corazón, su poesía es más que eso, está en un tercer momento, tratando de temporizar el espacio, ese intento de que cada verso sea leído, visto, contemplado como una premonición, como un acercamiento del futuro, un futuro encerrado en su poética, que no tiene que ser visto solamente desde la retina humana, sino observado desde su propia materialidad como poema, de su carácter poético, de lo que es su esencia, esto se comprueba así: “En una galera, Nochevieja” donde dice: “Rema, puja, resopla, inspira. Ponte el corazón en el lado perfecto del cuerpo, / En el lado izquierdo del sueño. Y ponlo a latir hacia el centro del pecho / Y ponlo a irrigar nueva sangre y locura, hasta que sea un tormento tu nombre. / Dale pasto a tu miedo, hasta que se vuelva un caballo manso / Y trote como una luna torcida y trote como una mula recién parida / Y trote como una fiera de siete colores. Y rema, puja, resopla, inspira. /…”.    

Este libro que hoy convoco con la muestra que traigo, a mi parecer se sitúa en lo que es la poesía moderna y contemporánea, no obstante, no ha dejado el canto y lo que es sentimiento (encuentro con el otro, —que se presume hija—, pero que en sí somos los lectores).  Surge así una idea, ¿cómo se aproxima un ingenuo lector a un libro de este tipo? Un libro tan inteligente, que hay que saber leerlo, pues nos plantea una torcedura del pensamiento que se acerca a la utopía, pero discurre en sentido contrario hacia la distopía. Innegablemente hay matices de una tradición poética europea, que el autor introduce en nuestra poesía de occidente.

Este intento de romper con una linealidad que se viene practicando como una única forma de crear poesía, me ha dejado pensando y sintiendo, pues tiene un giro de vigor, muy poco practicado, sin obviar que este tipo de propuestas requieren valentía, veamos otros versos en “Primer día del último calendario”: “Camino con un segundo cuerpo, ese que se viste sobre la piel anticuada, ese que se pega con saliva a los remotos esqueletos. / Marcho como un paquidermo extinto. Hablo el idioma rancio de los supervivientes. Y soy tan feliz mientras camino, / Entre los lagos del eco y la discordia, entre frutas rencorosas, entre ángeles con cara de ciervo. Soy un volcán cauteloso y distante. /…”.