El baúl de los recuerdos: El cabo Minacho y su hijo Germán

Efraín Borrero Espinosa

Como parte de la novena edición del Festival Internacional de Artes Vivas de Loja, el Grupo de Artillería N° 7 “Cabo Minacho” presentó la obra de teatro “Cabo Minacho Padre y Héroe”, en cumplimiento del acuerdo interinstitucional suscrito entre el I. Municipio de Loja y esa Unidad del Ejército.

Dicha representación escénica, que ha sido muy valorada y aplaudida por la colectividad lojana, nos trasporta a la gesta heroica del soldado lojano Luis Alfonso Minacho Padilla, héroe nacional, que junto con el subteniente celicano Maximiliano Rodríguez Loaiza, pelearon y murieron gloriosamente en el Destacamento militar de “Tarqui Viejo” durante la invasión del Perú, el treinta y uno de julio de 1941.

Los acontecimientos a los que se contrae la obra están narrados detalladamente en el “Libro de Oro” del Grupo de Artillería “Cabo Minacho”, publicado en el 2016, siendo comandante el Teniente Coronel de Estado Mayor Mauricio Fernando León Dávila.  

El pequeño Destacamento avanzado de “Tarqui Viejo” estaba ubicado en la confluencia de los ríos Nachiño y Curaray en la región oriental, un sitio pantanoso, cubierto de maleza, inhóspito y con duras condiciones climáticas. Lo conformaban apenas diez valerosos hombres que defendían nuestra heredad territorial, uno de los cuales fue Luis Alfonso Minacho Padilla. El subteniente Maximiliano Rodríguez Loaiza, de estirpe militar y acendrada convicción cívica fungía como comandante.

El día treinta y uno de julio de 1941, en horas de la noche, estando vigente el cese de fuego y la suspensión de hostilidades acordado por los países beligerantes, “los centinelas avanzados del Destacamento detectaron que, utilizando el río como avenida de aproximación, se acercaban decenas de canoas transportando más de doscientos soldados peruanos convenientemente equipados y mejor armados, los mismos que desembarcaron en tierra y avanzaron hacia el Destacamento”.

Los diez soldados ecuatorianos enfrentaron la arremetida con valentía, decisión y heroísmo hasta quemar el último cartucho, sin amilanarse ante la gran diferencia numérica. En esas circunstancias cayeron abatidos Maximiliano Rodríguez Loaiza y Luis Alfonso Minacho Padilla, héroes lojanos que defendieron con sus vidas la integridad territorial ecuatoriana.

El heroico sacrificio de estos dos ilustres lojanos fue reconocido y admirado aún por la hueste peruana, ya que en el mismo escenario del combate y previo el entierro de sus despojos mortales fueron objeto de honores militares.

Nuestra Patria premió la generosa y noble acción de sus hijos ascendiéndolos post morten a sus inmediatos grados superiores: en el caso de Maximiliano Rodríguez Loaiza a Teniente, y a Luis Alfonso Minacho Padilla al grado de Cabo; otorgándoles, además, la condecoración “Abdón Calderón” que fue entregada a sus deudos.

Sus restos mortales reposan en la actualidad en el Templete de los Héroes del Colegio Militar “Eloy Alfaro”, como excelso paradigma de honor y sacrificio.

Sin embargo, entre los heroicos episodios registrados en el campamento militar ecuatoriano de “Tarqui Viejo” está la conmovedora historia del niño Germán Minacho, hijo de Luis Alfonso Minacho Padilla.

Según la versión de Galo Martínez Acosta, contenida en el referido “Libro de Oro”, Germán Minacho nació en la provincia de Pastaza y creció en el Destacamento Tarqui, cuyos soldados lo mimaban y llegaron a querer entrañablemente. Veían en él al tierno compañero y cada cual se esmeraba por enseñarle a leer y escribir.

“A los diez años vestía el verde oliva del soldado ecuatoriano y salía también a instrucción al mando del Teniente Rodríguez, a quien escuchaba vehementemente sus enseñanzas militares y capítulos de la historia ecuatoriana”.

Luis Minacho consideró necesario enviar a su hijo a la ciudad de Quito para que cursara sus estudios, contando para ello con el respaldo incondicional de su jefe Maximiliano Rodríguez. Cuando todo estuvo listo para que padre e hijo viajaran a la capital de la república, Germán abrazó fuertemente a su padre y con su rostro lleno de tristeza y sus ojos humedecidos le pidió estar juntos en el Campamento unos días más.

Lo cierto es que transcurrieron algunos meses hasta el fatídico día 31 de julio de la invasión peruana. Germán, que entonces frisaba los doce años de edad, con fusil en mano tomó posición junto con sus compañeros de Guarnición para defender el patrimonio nacional.

En esas circunstancias cayó abatido el Teniente Maximiliano Rodríguez. El Cabo Minacho asumió de hecho la comandancia del grupo combatiente.

A pesar de las estrategias tácticas que desesperadamente emplearon los bravos soldados ecuatorianos ante la enorme diferencia del contingente peruano, Luis Alfonso Minacho Padilla cayó en el fragor de la batalla.

“Herido de gravedad agonizaba en los brazos de su hijo Germán, quien lo atendió en el supremo instante de la vida, cubriendo su rostro con esas lágrimas inocentes, asido de su cuerpo e intercambiando las frases más sublimes y llenas de dulzura, tristeza y soberbia; palabras profundas en el pensamiento eterno de la gloria y la integridad de la patria …”, como expresa Galo Martínez Acosta.

A pesar de que se les pidió rendirse, los pocos soldados ecuatorianos respondieron con sus últimas municiones. El material bélico se había terminado, y Germán, víctima de una bala, caía herido en el campo de batalla. “Llevando su mirada a cada uno de sus compañeros, como quien expresa ese eterno adiós, les dijo “Morir por la patria es un honor y es nuestro deber”.

El Ejército ecuatoriano lo ha distinguido como “El héroe de la niñez ecuatoriana”; sin embargo, no cabe duda que la historia está en deuda con Germán Padilla, ejemplo de valor y patriotismo.  

El nombre del “Cabo Minacho” está ligado a mis recuerdos y afectos de juventud, ya que siendo estudiante del sexto curso de la Academia Militar “La Dolorosa”, en 1963, cumplí la obligación de la instrucción premilitar en las instalaciones de ese Grupo de Artillería, en el sur de la ciudad, que para los lojanos es una clara referencia urbana.

Los alumnos de los tres colegios masculinos existentes en aquel tiempo en la ciudad de Loja: Bernardo Valdivieso, Nocturno “Leones de Loja» y La Dolorosa, además del Seminario San José, teníamos que acudir todos los días sábados para someternos a la instrucción premilitar impartida por oficiales y elementos de tropa del Grupo de Artillería “Cabo Minacho”, como requisito indispensable para graduarnos de bachiller.

Fue el presidente Federico Páez quien dictó la Ley de Instrucción General Militar en 1937, en la que se declaró la obligación de la instrucción premilitar en todas las escuelas de la república, sean estas primarias, de artes e industrias, secundarias, normales, universitarias, etc. En realidad se trataba de una asignatura para la formación del estudiante con miras a ser un soldado más tarde. La enseñanza consistía en rudimentos del arte militar, instrucción de pelotón y conocimiento de armas.

Posteriormente, en 1940, el presidente Carlos Arroyo del Río emitió un Decreto determinando que la instrucción premilitar será obligatoria para los estudiantes de los quintos y sextos cursos de los colegios, y disponiendo que ésta se realice en los diferentes repartos militares del país. Se entrenaba a los estudiantes en instrucción formal, instrucción de combate, conocimiento de armas, lecciones de tiro, educación física y charlas de motivación cívica.

Hace algunos años se levantó la escultura castrense sobre la pileta ornamental que está ubicada en el redondel de las avenidas Eduardo Kingman y Gobernación de Mainas, a la que se identifica como ‘El soldado desconocido’, pero en realidad fue erigida para honrar la memoria de Luis Alfonso Minacho Padilla, nuestro héroe lojano.