El ritmo estético y cognitivo de la palabra escrita

Galo Guerrero-Jiménez

Toda lectura, bien sea científica o humanística, y en especial la literatura y la filosofía, de una o de otra manera, nos ofrece narrativas y/o poéticas de sí mismos, de lo que somos, en esencia, en cada relación y manifestación humana; nos toca, por lo tanto, a cada uno de los lectores, encontramos en ese ámbito de escritura elocuente, enriquecedor y también denunciador de los sinsabores y de las miserias que en su espesura humana asumen ciertos individuos que, al no adaptarse a los cánones de las realidades culturales que vive una comunidad, pierden el rumbo antropológico que los enmarca como entes no deseables.

De ahí que, cuando hemos arribado a un libro o a un texto determinado, uno de los grandes triunfos intelectuales y, ante todo, estético-emocionales, está en descubrir que, “la lectura es una confrontación crítica con el material y con las ideas del autor. Los libros (más aún los buenos libros) [según sea el interés temático del lector] no contienen un mensaje unidireccional, sino que producen significaciones múltiples” (Kohan, 2019) en las que cada lector arriba de manera voluntaria, libre e interpretativamente a porciones de lenguaje, no tanto de comprensión sino de inferencias que, como medios cognitivos y estéticos, le sirven al lector para profundizar, gozar, meditar e incluso escandalizarse sobre su mismo andamiaje humano.

El efecto subjetivo, apabullante, sorpresivo, preocupante, gozoso e incluso de asombro al leer un tema determinado, siempre surgirá o solo emergerá desde la voluntad plena que el lector tiene “para tomar entre las manos un libro, pasar cada página expectantes por lo que ahí espera contagiados del ritmo de la palabra escrita; desentrañar el misterio de una frase tras otra sintiendo en cada palmo de piel la emoción de formar parte del universo creado por el autor; ser capaces de construir la propia representación de otros mundos y reflexionar acerca de ellos, son algunas de las experiencias que surgen del acto de leer” (Tejada, 2012) con la más viva emoción e interés que cada lector, desde su visión cultural, tiene para percibir ese mundo de letras y que, de hecho, influye estética y fenomenológicamente en todo su andamiaje  cognitivo y ecológico-contextual.

Un tema leído con fluidez mental, sobre todo desde el mejor interés personal, en efecto, como señala el papa Francisco, “nos prepara para comprender y, por tanto, para afrontar las diferentes situaciones que puedan presentarse en la vida. En la lectura nos zambullimos en los personajes, en las preocupaciones, en los dramas, en los peligros, en los miedos de las personas que finalmente han superado los desafíos de la vida, o quizá durante la lectura damos consejos a los personajes que después nos servirán a nosotros mismos” (2024), en virtud de que el texto posee esa magia para el encuentro dialógico-narrativo sobre nuestra naturaleza humana.

Sin embargo, toda esta senda de profundo humanismo que traza el lector gracias a la influencia que ejerce el autor a través de su escritura, está corriendo un enorme peligro, en especial en la niñez y en la juventud que, por la influencia desmedida de la industria tecnológica que, “engancharon a los niños durante etapas vulnerables de su desarrollo, cuando su cerebro estaba configurándose rápidamente ante los estímulos de su entorno. Estas empresas fueron las de las redes sociales, que infligieron el mayor daño (…) al diseñar una manguera de contenido adictivo que les entraba a los chavales por los ojos y los oídos, y al desplazar el juego físico y la socialización en persona, estas empresas han reconfigurado la infancia y cambiado el desarrollo humano a una escala casi inimaginable” (Haidt, 2024) de indiferencia ante la lectura y, por ende, ante los placeres de pensamiento profundo que la vida humana connota en un texto leído.