¿Qué viene a su mente cuando escucha la palabra milagro? Quizá la imagen de miles de personas cruzando a pie el Mar Rojo o los miles alimentados con tan solo cinco panes y dos peces o la resurrección de Lázaro sean las primeras en venir. Según la RAE, un milagro se define como un hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino. Para unos los milagros simplemente no ocurren; otros, los experimentan cada día.
Hay quien cree que un milagro solo se produce cuando hay una majestuosa intervención divina, ignorando que aquellos sucesos cotidianos, mucho más modestos, igualmente inexplicables, oportunos y de gran beneficio para nuestra vida, son milagros que muestran la presencia de Dios aún en los pequeños detalles.
Despertar cada día, respirar, comprobar con nuestros sentidos la magnificencia de la creación, la brisa, el cielo estrellado, un atardecer o el aroma del café son milagros cotidianos que pasan desapercibidos para la mayoría y ¿qué decir del problema solucionado con la ayuda de un extraño, el retraso providencial que evitó un accidente o escuchar la palabra justa en el momento justo? Todos estos son milagros cotidianos que muestran que “el Señor está en el susurro de una brisa apacible” (1 Reyes 19).
Jesús les decía a sus discípulos: “¿Qué valen dos pajarillos? ¡Apenas unos centavos! Sin embargo, ni uno solo cae a tierra sin que el Padre lo permita. Pues yo les digo que hasta el último cabello de ustedes está contado. Así que no teman, que para Dios ustedes valen más que muchos pajarillos” (Mateo 10). El Señor conoce todos nuestros anhelos y necesidades y tal es su amor por sus hijos, que hasta los cabellos de nuestra cabeza han sido contados. El Señor siempre está ahí, Él “no abandona ni desampara, al pueblo que ha hecho suyo” (Salmos 94). ¿Y cual es su pueblo? Son aquellos “que lo recibieron, ya que a los que creen en él, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1).
La obediencia total a la palabra del Señor obra milagros, Jesucristo dice: “El que hace suyos mis mandamientos y los obedece, ese es el que me ama. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me mostraré a él” (Juan 14).
El Señor obra milagros continuamente; unos serán majestuosos, otros quizá más sencillos, pero su amor siempre se manifiesta y es fiel a su promesa: “Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni las llamas te abrasarán” (Isaías 43).
