P. Milko René Torres Ordóñez
La Iglesia católica celebra cada 2 de febrero la fiesta de la Presentación del Señor. Una familia humilde y piadosa acude al templo de Jerusalén para cumplir con un rito judio. José y María, movidos por el Espíritu Santo se encuentran con dos ancianos venerables, Simeon y Ana que los reciben con alegría y dan testimonio de Jesús, el Salvador, como Luz de las naciones y gloria de su pueblo. Presentan, de acuerdo a sus costumbres religiosas, un par de tórtolas o dos pichones.
Este acontecimiento cotidiano, en apariencia común y sencillo, no tendria una gran connotación social. Sin embargo, en la dimensión del pueblo creyente, la consagración del pequeño niño alcanza la importancia que rebasa todas las expectativas humanas. Los profetas del Antiguo Testamento han anunciado, desde hace varios siglos, que el Señor enviará a su mensajero. Malaquias, uno de los últimos pregoneros de buenas noticias, señala que llegará con poder para fortalecer la justicia y la paz. El pueblo de Dios necesita la presencia de una luz que ilumine su camino. Por ello, el autor del salmo 23 invita a abrir las puertas de par en par porque el rey de la gloria, el Señor, entra fuerte y magnífico.
Las palabras del salmista, llenas de júbilo, expresan la alegría del encuentro con el dueño de todo cuanto existe. En el ámbito del Nuevo Testamento, el autor de Hebreos, un personaje culto y piadoso, ensalza la venida de Jesús. Destaca que si todos los hijos de una misma familia tienen la misma sangre, Jesús quiso asumir nuestra naturaleza humana para llenarnos de su gracia, y para liberar a quienes viven esclavos toda la vida. El pueblo sencillo es un pueblo que tiene mucha fe y la comparte por todos lados. La esperanza de cualquier ser humano, grande y necesaria, tiene una proyección significativa.
El encuentro con Jesús trae la luz para quienes viven en la oscuridad más recóndita. La misión de Jesús, profetizada por el anciano, justo y temeroso, que aguardaba el consuelo de Israel, tiene una orientación admirable. Será un signo de contradicción, una bandera discutida. Por Él quedarán al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Jesús, luz de la humanidad, principio y fin, alfa y omega, acompaña al hombre de buena voluntad, comprometido con la construcción de un mundo nuevo. Más humano y hermano. Junto al hijo, sus padres, asumen con fortaleza las implicaciones de está revelación.
En la intención de san Lucas, María, la madre de Jesús, asume con resiliencia, el alcance de su protagonismo en la vida de su familia y en la de nosotros: “Y a ti, una espada te atravesará el alma”. La misión de María, de la Iglesia, de todos los creyentes, exige muchos compromisos. Ella cuida a su hijo. Nos cuida a todos. Lucha por nuestra dignidad. La inocencia de un niño tiene que conservarse. Las leyes de una nación no están por encima de la grandeza de una vida en desarrollo. La familia de Nazaret regresa a su tierra, Galilea, con una determinación concreta. Acompañan al niño en su crecimiento integral. Nuestras familias merecen vivir en gracia, con Dios, en una legítima armonía, signo de bendición.
