Por: Sandra Beatriz Ludeña
Es día catorce, del segundo mes del año, es día del amor por estos lares. Yo estoy detrás de la ventana, el cristal se muestra adornado por pequeñas y dulces gotas de lluvia. La gente al otro lado, corre con cosas en las manos, algunos han abierto los paraguas, otros no, prefieren mojarse, la garua es tenue pero cada vez más intensa. Los transeúntes tienen las manos ocupadas con ramos de flores y teléfonos inteligentes. Los veo inspirados, pero también desesperados.
Entre bocanadas de café, reales o imaginadas, me veo en la plaza, esperando una llamada, ̶ igual que hoy, hace frío; igual que hoy, es día catorce del segundo mes del año ̶ . Miro al cielo, el cielo me mira, pero las nubes grises se interponen y no logro ver señales, no logro reconocer las fachadas (tan conocidas) de vetustas casas; más, del color de las nubes, del frío que anuncia tormenta y de la ausencia, he logrado deducir que me ha dedicado su silencio.
Me voy con los pies encharcándose en el agua, ha comenzado a llover con furia y, me llevo la tristeza apretada en los puños, con el teléfono no tan inteligente, por las llamadas infructuosas. Entre los recuerdos que quedan, a los que me aferro para afianzar la presencia del ser amado, enamorado. Abrazo los instantes felices por los que paso y repaso. Pero, entre recuerdo y recuerdo, me encuentro con esas frases de él que intentaban salvarme: “no me recuerdes, no lo repitas, no lo hagas, no te programes para lo vano, no te servirá de nada, solo para enamorarte”.
Comprendo ahora, que, para un psicólogo apasionado por su ciencia, no es conveniente mantener el cerebro ocupado en trivialidades, él con ese IQ tan elevado, más querrá pensar en ¿cómo la memoria opera? ¿En cómo somos capaces de influir el uno en el otro con pensamiento, sin estímulo físico directo? Andaría concentrado, indagando, ¿cómo la fuerza del corazón emite señales más potentes que una máquina magnética?, y ¿cómo el cerebro se acompasa para traer a la realidad eso que el corazón sueña? Él, con sus experimentos, con sus investigaciones, tan inmerso en la conciencia, qué iba a quedarse extasiado en el goteo y el amor de lluvia de una poeta.
En fin, vuelvo a estar del otro lado, donde la división luce transparente, sigo degustando bocanadas de ese té, líquido vivificante y amargo (así lo siento), y en su recipiente permanece oscuro, pero ahora se muestra en espiral atrayente; allí fijo las retinas y de repente, atravieso un portal mágico que lleva hacia ese mundo inteligente (pude haberlo visitado antes, pude haberlo habitado, es muy familiar su ambiente). Así, me veo en oración y con reverencia trato de justificar mi osadía, hay una energía bienhechora que envuelve.
El éxtasis dura poco, pero al volver la conciencia se ha ensanchado, todo es diferente: el mundo, las cosas materiales, como herramientas para vivir en esta tierra siguen siendo necesarias (ya no un fin prioritario). El amor, ya no es un sentimiento atrapado en el otro, el amor ha tomado otras dimensiones. Ya no estamos solos, no estamos tristes, vivir ya no es tan complejo. Sigo sentada detrás de la ventana, todos los días, tan próxima a esa barda transparente.
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