P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La historia de la salvación, camino de promesas cumplidas de parte de Dios, sigue una ruta trazada desde el comienzo del mundo. Las etapas recorridas tienen como finalidad acompañar al hombre hacia el encuentro con la plenitud divina. El libro del Genesis, en la llamada época patriarcal, relata historias costumbristas cuyos protagonistas escuchan y obedecen la voz de Dios. Abram, luego cambiará su nombre por el de Abraham, vive una experiencia que lo llevará a cambiar su status cotidiano. Dios desinstala al jefe de su clan nómada, para guiarlo, por un largo desierto, a una tierra que mana leche y miel.
La alianza, que sella un pacto de amor con Dios, comienza con una orden: “Mira el cielo y cuenta las estrellas, si puedes, porque así será tu descendencia”. Dios prueba la fe de los hombres predestinados a secundar su plan de amor y de fe. La fe, absoluta y ciega, lleva al patriarca a contemplar la profundidad de los designios salvíficos. El Génesis logra, de esta manera, abrir la ventana para demostrar que las cosas pequeñas o grandes, buenas o malas, tienen impacto en la conciencia del hombre. Dios ama con entrañas de madre. El salmo 26 narra la confianza depositada en el autor de la vida. Remarca que Dios espera con paciencia el retorno del hijo que despilfarró los bienes de su casa de una manera disoluta: “Quiero ver la bondad del Señor en esta misma vida, ármate de valor y de fortaleza y confía en Él”. La proyección de los primeros textos esgrimidos hasta aquí, brillan ante la majestuosidad de la presencia divina. San Pablo exhorta a la comunidad de Filipo a vivir en Cristo. Como ciudadanos del cielo esperan que venga el Salvador, Jesucristo. El autor sagrado exhorta a valorar la fe que recibieron: “Manténganse fieles al Señor”. En Él resplandece el fundamento de la felicidad.
Hay muchos que viven como enemigos de la cruz de Cristo. Solo piensan en las cosas de la tierra. Su dios, el vientre, los llena de orgullo. Infravaloran las cosas del cielo. Caminan, cuesta abajo, hasta caer en el abismo inmundo, como un viaje fuera del tiempo en el que no hay retorno. Pablo invita a construir el mundo donde la paz reine, y la justicia alimente cada reto que implique aspirar el aire de la verdadera libertad. Jesús, en la cristología de san Lucas, escoge un monte porque quiere orar. El encuentro con su Padre, necesario y reconfortante, define la órbita de su misión. La cruz, triunfo del bien sobre el mal, exige probar el vinagre amargo de la pasión. Sin ella, no hay resurrección. La nube que aparece en el Tabor, cubre con su peso, la realidad de los compañeros de Jesús. Pasan de la euforia a un encuentro en otra dimensión con Dios que habla: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenle”. La cercanía con Jesús tiene sus consecuencias. Debemos hablar de la urgencia de un auténtico testimonio de vida. Ver a Jesús en su gloria compromete, en el silencio de la oración, a conservar la plenitud de un privilegio.
Como discípulos vivimos en una constante misión. Nos corresponde responder a su amor incondicional.
