P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
Nuestra vida, al tiempo de tener cosas bellas, nos ofrece muchas oportunidades para disfrutarla. Las experiencias buenas siembran recuerdos inolvidables. Nos permiten crecer. Agradecer a Dios, a la familia, a los amigos, a la naturaleza. A todo aquello que nos permite renovar ilusiones y proyectos. La otra cara de la realidad, los momentos malos, también nos traen momentos positivos. Nos invitan a examinar nuestra conciencia. A levantarnos de las caídas.
A superar los traumas. A olvidar que, alguna vez, nos hundimos en una ciénaga y probamos el sabor de la inmundicia. A fin de cuentas, el sol brilla todos los días. Las noches de penumbra pasan, fenecen, como una sombra tenebrosa que diluye su silueta en el zaguán del olvido. La historia de nuestro camino, entre altos y bajos, nos lleva con frecuencia, a refrescar la riqueza del amor del principio, aquel primer sorbo inolvidable de afecto y seguridad.
El amor, la savia de nuestra vida, fluye en los afectos y dolores. Volver a casa, con la nostalgia de recuperar lo más valioso que abandonamos por caprichos del destino y el enojo con nuestra singular identidad. La soberbia. Dos autores sagrados, en el seno del Nuevo Testamento, amplían el horizonte de una virtud, siempre actuante, de un padre que nos ama con un amor sin límites. Con la paciencia de quien sabe esperar que volvamos al hogar que nos vio nacer. Que soportó las rabietas infantiles y aplaudió los logros, aplausos y victorias. San Pablo, furioso perseguidor de quien lo enamoró porque cambió sus planes existenciales, hablará siempre de la luz que refulge en su interior.
Que transformó sus ínfulas de cizañero en pregonero de una buena noticia. Dice: “El que vive según Cristo es una criatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo”. La renovación interior, de la que hace gala, no tiene precio. Vale más que una joya preciosa. La clave que nos lleva a entender el esplendor de su fe, luz matinal, encuentra su fundamento en la reconciliación.
Una faena, ciertamente dura pero necesaria. El hombre no puede vivir enojado consigo, ni con los demás. La victoria sobre las apetencias mundanas y el sobreprecio del poder equivale a disfrutar de una paz necesaria en extremo. Con ella, la envoltura de la plenitud, rebosa de salud en todos los ámbitos de la vida. San Lucas, el Evangelio de la misericordia, absorbe el olor del perdón.
De él toma los ingredientes necesarios y elabora el manual del buen vivir. La parábola del buen padre, desprendido y grandilocuente en sus acciones y en sus palabras, teje el vestido que cubre las miserias del hijo que pregona por doquier, en el infierno de sus lujurias y ostentosas glotonerías, el discurso de la ignominia humana. La herencia malgastada, las energías agotadas por tanto trajín miserable, tiene su punto de quiebre. Todo desequilibrio termina en desastre. Parece que, aún, en la opulencia inmerecida, la vida pierde su valor.
La grandeza de este pobre hijo recupera su importancia con el arrepentimiento sincero: “Me levantaré, volveré a mi padre”. Pedirá perdón. En casa, disfrutará del privilegio de volver a vestir el mejor traje de fiesta.
