David Santiago Maldonado Peralta
A veces, los liderazgos no terminan. Se descomponen.
Y Loja, ciudad culta, paciente y leal, lleva años oliendo el deterioro de una administración que perdió el rumbo desde el primer día, si alguna vez lo tuvo. A estas alturas, no se trata ya de gobernar o no, se trata de saber cuándo uno se ha vuelto parte del problema. Por eso hoy, con el más frío tratamiento político y el más cálido amor por la ciudad, decimos sin rabia pero con firmeza: ¡alcalde, dimisión!
Porque cuando una autoridad se aferra al cargo mientras todo a su alrededor se cae a pedazos, ya no es liderazgo: es obstinación.
Y cuando una ciudad entera aprende a sobrevivir al abandono sistemático de su gobierno local, no estamos hablando de resistencia ciudadana, sino de un abuso institucionalizado.
Los hechos —tan tercos como el silencio de quienes deberían rendir cuentas— hablan por sí solos. Semanas sin agua. No una ni dos veces, sino de manera reiterada, como si fuera lo normal, sino es Curitroje, es Chontacruz, o Tambo Blanco, o Las Pavas, o que llueva o que no llueva. Tan normal como los baches convertidos en cráteres, los derrumbes de semanas sin limpiar, los puentes sin reparar, las lagunas sin mantener y las viviendas sin reubicar, aunque la emergencia toque la puerta.
¿Gobierno local o círculo de improvisación permanente? ¿Alcaldía o teatro de promesas recicladas?
Loja no necesita más ruedas de prensa, necesita ruedas en sus calles que no revienten en cada bache. Necesita agua que fluya por sus tuberías, no excusas que fluyan en redes sociales. Necesita puentes que unan, no que esperen licitaciones eternas.
Y es que no se puede gestionar una ciudad con improvisación y amiguismo. Desde hace años, el municipio fue convertido en un campo de experimentación política, donde el criterio técnico fue reemplazado por la lealtad electoral. Perfiles sin experiencia, decisiones sin planificación, políticas sin rumbo. Como si Loja fuera una maqueta de prácticas estudiantiles. Pero no lo es. Aquí viven familias. Aquí trabajan miles. Aquí educamos a nuestros hijos. Y mientras tanto, ellos aprenden que el poder puede ser sinónimo de incompetencia e ineptitud.
Peor aún, se ha denunciado algo que mancha hasta la dignidad más básica: el cobro de “vacunas” a vendedores en los mercados, en la ciudad de la decencia. Una acusación así debería bastar para que cualquier funcionario salga a dar explicaciones con pruebas, o con la renuncia bajo el brazo. Pero no. Aquí el escándalo se gestiona con silencio y el silencio con arrogancia, y la arrogancia con pretextos de administraciones pasadas.
Y como si eso no bastara, una presunta alza de pasajes fue lanzada al debate público como si la ciudadanía estuviera en condiciones de pagar más por servicios que no mejoran.
Por otro lado, las comunidades que viven en zonas de riesgo aún esperan una política clara de reubicación. Los senderos ecológicos, otrora símbolo de orgullo local, hoy yacen cubiertos de maleza y olvido. La Tebaida, ícono ambiental, hoy parece una escena de abandono en cámara lenta.
Y mientras la ciudad se hunde, el sillón de la alcaldía permanece ocupado. Como si bastara con no hacer nada para seguir siendo autoridad. Como si el mandato popular fuera un cheque en blanco, y no un contrato con cláusulas éticas y legales.
Sí, hay intentos de removerlo. Pero no se trata solo de papeles en el Concejo. Se trata de un clamor que crece en las calles, en las reuniones familiares, en los grupos de WhatsApp, en los mercados, parroquias rurales y barrios. La remoción prospera, pero, ciudadanos observemos como votan los concejales, a favor de Loja o cómplices de su declive.
Este artículo no busca venganza. No es visceral. Es técnico, es ético, es político en el mejor sentido de la palabra: el de la defensa del bien común. Y el bien común hoy se llama orden, planificación, respeto y renuncia.
Sí, renuncia. Dimisión. Retiro. Jubilación. Llámelo como quiera. Pero hágalo ya.
Este llamado no es solo para quien ocupa el cargo. Es para quienes heredan sus consecuencias: los jóvenes. ¿Qué ciudad les estamos dejando? ¿Una Loja que educa o que se excusa? ¿Una ciudad que sueña o que sobrevive?
A los niños les debemos parques que florezcan, no lotes abandonados.
A los adultos mayores, una ciudad transitable, no una selva de huecos.
A los jóvenes, un gobierno que los inspire, no que les dé vergüenza.
No estamos pidiendo milagros. Estamos exigiendo decencia.
Y si el actual alcalde decide continuar como si nada, quedará en los libros como el político que se aferró al poder mientras la ciudad se deshacía. Pero si decide escuchar —no a este analista, sino al clamor de su pueblo— y se hace a un lado, aún puede salir con un último gesto de dignidad.
Alcalde, dimita. Por respeto a Loja. Por respeto a usted mismo.
