AMAR, SEGUIR, SERVIR

San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales, centra su cristología en tres verbos: amar, seguir, servir, a Dios, nuestro Padre. La vocación del hombre tiene su vértice en la escucha de una llamada interior que transforma su vida para entregarla a los demás. Ignacio invita a realizar un giro total en los proyectos mundanos del hombre de todos los tiempos. La primera comunidad cristiana vive continuos períodos de incomprensión y de persecución.

San Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, focaliza la misión de los discípulos del Señor en el testimonio de vida. Ellos deben fortalecer el kerigma en la obediencia a Dios y luego a los hombres. Pedro y los demás compañeros sufren el escarnio de la cárcel. La prohibición de enseñar en nombre de Jesús, de parte del sacro Imperio Romano y de las autoridades religiosas judías, reafirma el valor de la riqueza espiritual de la comunidad de creyentes, expuestos a la flagelación, a la privación de sus derechos y a la apostasía. Viven alegres y sufren la crueldad de una sentencia politizada. Sin embargo, los caminos de Dios son muy especiales. Dios escribe recto en renglones torcidos. San Juan describe en el libro del Apocalipsis un momento muy solemne. Millones de ángeles cantan con voz potente, al dueño de nuestra vida, la grandeza del Cordero inmolado, lleno de poder, riqueza, sabiduría, fuerza y honor. A Él la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos. Ante su nombre, la humanidad se postra en tierra para adorar a quien vive por toda la eternidad. Jesucristo resucitado, rompió las cadenas de la esclavitud. Nos reviste con el traje de la misericordia y nos lleva a caminar con libertad en la plenitud de la luz. El camino de la cruz constituye el anhelado punto de encuentro con la claridad de un amanecer veraniego. San Juan, como un excelso narrador, cuenta una escena muy familiar. Los discípulos hacen una relectura de su llamado. En la orilla del lago de Tiberíades, Pedro y sus compañeros viven la gracia del reencuentro con Jesús. En una comida preparada por su Maestro lo reconocen: ¡Es el Señor! Jesús, disipa la duda y los anima a celebrar la fiesta de la resurrección. Después de compartir lo cotidiano, Jesús desnuda el alma de Pedro. Le devuelve la dignidad abocada por la inseguridad y la duda. El diálogo entre el Maestro y el discípulo se desarrolla en un escenario ataviado con la grandeza de la misericordia: “Simón, hijo de Juan, ¿Me amas?». La respuesta, universal, como la frescura de una conciencia liberada de un dolor guardado, sintetiza el compromiso de cuidar la Iglesia: “Apacienta mis ovejas”. En el atardecer de la vida, Pedro pagará con creces la deuda de una negación sin precedentes: “Cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras”. San Juan amplía el alcance de la misión del pescador. El ¡Sí! Del Apóstol alcanzará su sentido con la muerte en la cruz. Nuestra vocación será auténtica cuando valoremos la intensidad del amor de quien nos amó primero. Nos llama a dejarnos lavar los pies para hacer lo mismo.