Recuerdos desde el parque Central de Loja 

Hace unas semanas, con motivo de ver por televisión, junto a los buenos amigos, el partido de fútbol por la clasificación mundialista entre nuestra selección nacional y la de Chile, visité por primera vez un precioso restaurante encaramado en la terraza del edificio “El Minero”, situado en la calle Bolívar, frente al parque Central de Loja; el restaurante se llama Ricco Rooftop Restaurante

El fervor futbolístico hizo su parte y la energía llenó todos los rincones del encantador sitio, gracias a una buena cantidad de entusiastas visitantes.

En medio de ese emotivo ambiente, captó mi especial atención las vistas del icónico Parque Central de Loja que obsequiaba, en horas de la noche, el restaurante terraza.

El sitio es tan encantador que, sin proponérmelo y, como un espontáneo latir del corazón, me empezaron a brotar recuerdos del portal de la calle Bolívar.

Retrocedí imaginariamente en el tiempo hacia los años setenta y ochenta en los que viví mi niñez y adolescencia, y traté de recordar locales que existían en la cuadra de la calle Bolívar del emblemático parque central lojano, en torno al cual, sea dicho de paso, tantos grupos de amigos se reunieron e hicieron de este, una suerte de sitio predilecto para la tertulia sobre bancas al aire libre, en el que diariamente se tejieron, con los agujones de la amistad y la cofradía, inolvidables ocurrencias, anécdotas, bromas finas, leyendas, y todo eso que se llama tradición oral lojana.

Entre mis recuerdos se hizo presente el Café Alaska, de propiedad de la señora Isabel Cazar de Mozer. Se trataba de la cafetería más moderna de la ciudad en aquellos años, caracterizada por sus máquinas platinadas para la preparación de cafés, expresos, capuchinos y tizanas. A esto se sumaba el sabor exquisito de los prensados de pan de molde con porciones generosas de queso chorreante y las salchichas vienesas fritas, acompañadas con porción de mostaza, que se ofrecían. Todo ello, en un ambiente de cordialidad y fina atención de su dueña. Regularmente, al sitio acudían especialmente abogados, jueces y funcionarios públicos que laboraban por los alrededores. 

Cerca de ahí, se ubicaba Librerías Ecuador, de propiedad del destacado educador Luis Arroyo Naranjo. Sitio de gran interés cultural en el que se podían obtener libros clásicos y del momento, a precios accesibles, a más de un bagaje de productos de papelería y útiles de oficina en general.

En la misma cuadra estaba la Ferretería Vivanco, una de las más grandes de la urbe, de Luis Vivanco Neira (en la que precisamente hoy está construido el edificio El Minero). También funcionaba el almacén de ropa Taylor Chic, del Ing. Jorge Guerrero Armijos y el Almacén Ortiz, de propiedad de don Pedro Ortiz Rivera, en el que se ofertaba una gran variedad de telas y de ropa.

Parte importante de esa vereda fue el Quiosco El Porteñito, de propiedad de don José Barrazueta. Allí se expendían delicias como plátanos maduros asados con queso y salchipapas con mayonesa. Todo, siempre acompañado de gaseosas Nelchi y Morejón, fabricadas en Loja. También fueron notorios, los puestos de venta de los purúhaes, en los que se vendían un sinnúmero de artículos como trompos de madera, canicas, tintes, cordones, piolas, peines, etc.

Imposible olvidar que el Cine Vélez, que también funcionaba a la mitad de la referida cuadra, contaba con la particularidad de que, en las funciones nocturnas, al lado de las puertas de entrada, se ubicaba un elegante y gentil personaje al que se lo conocía cariñosamente como “El Cubanito” (William Alfonso Brayanes Martínez, nacido en Cuba en 1914), quien, junto a su carreta de madera, ofrecía a los cinéfilos exquisitas cocadas de azúcar o panela. Las primeras envueltas en papel de empaque blanco y las segundas en papel empaque café.  Adicionalmente, ofrecía un maravilloso y dulce producto compuesto de trozos de coco confitados que era el manjar de los golosos. Penosamente, el recordado “Cubanito” falleció en 1985.  

Parte de la diversión dominguera de aquellos años, era asistir a las llamadas retretas musicales del parque Central, ofrecidas por las bandas del Ejército o de la Policía Nacional a la ciudadanía. Esto sucedía en horas de la noche de los domingos, a la salida de las últimas misas celebradas en las iglesias del casco central. El evento musical generaba masiva asistencia de los jóvenes, quienes acudíamos con el mejor ánimo para compartir agradables momentos con amigos y conocidos. 

Generalmente, dábamos vueltas y vueltas alrededor del parque Central, sea en auto o a pie, hasta que la banda musical dejaba de tocar y el esperado evento terminaba.  

Recuerdos como esos seguían arremolinándose en mi cabeza, pero al regresar al presente contemplé en la noche de aquel día una plaza central bien iluminada, hermosa, imponente, lo cual, me llenó de enorme sentido de pertenencia a nuestra Loja que ahora, más que nunca, a pesar de los problemas y adversidades que la rodean, sigue siendo un hermoso sitio para vivir y para que los turistas la visiten siempre. Ahora con sitios turísticos hermosos como Ricco Rooftop Restaurante.

Parte de la belleza de nuestra entrañable ciudad, son los recuerdos y reminiscencias que la forjaron y la vieron crecer, que ahora, bienhechoramente, alegran nuestras vidas. Al fin y al cabo, como lo dijo Gabriel García Márquez: “La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.