Parábola de la bicicleta

Por: Sandra Beatriz Ludeña

Por los días del año 1.817 el mundo vivió la escasez, bordeando lo inimaginable los costos agrícolas, así el hombre acostumbrado al caballo como medio de transporte, se vio forzado a reemplazarlo. Fue así como el alemán Karl von Drais, consciente, pero no creyente de las profecías anunciadas desde tiempos inmemoriales, donde se advertía estén prevenidos, cuando asome la fisonomía de un siete, y por eso, ese año 1.817 por Alemania las cosechas se arruinaron, el río Támesis se congeló, nevó en julio, la comida se volvió inasequible, hubo hambruna y los caballos murieron o fueron devorados. Siendo tan grande la sombra del siete como dura la condición, que dio a luz por primera vez en el cerebro humano la más increíble fusión, para que el caballo sea una extensión de su loca invención.

Por ello, sin quemar mucha neurona Von Drais diseñó un caballito de madera con dos ruedas, sin pedales, ni rayos, ni marchas, menos cadena. Mandando a que ande libre con el impulso de su dirigente, así, primero, con una de las piernas del galopante rodaba, consumiendo la fuerza de propulsión, hasta la inercia, entonces, se impulsaba con la otra pierna, y así alternadamente. El nuevo caballo más natural y evolucionado fue a la vez fusionado entre galope y galopante.

¿Pero qué fue eso?  Los detalles del fabricante permiten comprender, pues, acatados al pie de pista, para impedir ver al caballo y cabalgante desastillados, rotos, descuartizados, o lo que es peor, fracasados.  Así, entre las lecciones se ha encontrado:

Ante todo, un caballo del tipo arte-facto debe ser fuerte, lo son así en la metáfora de los motores, que miden la fortaleza de la máquina por “caballos de fuerza”. En este caso, el caballo andante o bicicleta, no podía, sino ser fortaleza, para que, por las rutas vitales más escabrosas, nunca, pero nunca caiga destartalado, pues, cuenta con un cuerpo bien dotado y además de sus ruedas, tiene piernas y brazos incorporados.

La misión de un caballo es andar, por esto irá libre por vías anchas o angostas, con destino, pero tentado por distracciones, trampas, atajos, por esas razones, con ojo certero, elegirá el camino más recto, no se alejará jamás de la claridad, sea día o noche, en buen temporal o tormenta, el caballo será libre, armado de su “bi” extremidad, dando rienda a la “cicleta”, que desde el griego se entiende como “kiklos” y en castellano no es más que, rueda.

Este caballo articulado como soporte de sueños, contendrá los ideales, estará modelado por la fragilidad, pero se forjará con gran consistencia.  Así, quien lo cabalgue será libre y su espíritu se sentirá viento. Entregado al aire será invencible, hasta dejar de ser jinete y quedar incorporado al sentido pleno.

Será más que armazón, un transportador hacia niveles avanzados, así para su uso, al principio, flotará entre muletillas, por eso, el principiante será sostenido a la izquierda y derecha, hasta que tome impulso y el equilibrio haga madurez.  A más de endilgar al dirigente, no cabe duda que, lo trasladará al crecimiento. Manera de evolucionar la madera, para con cuerpo cierto, no abandonar su esencia, que es sin cuerpo.  Finalmente, tendrá variados nombres, aunque como bicicleta será útil de tantos modos, hasta ser como Quasimodo: deforme, pero situado en lo alto de la gran Catedral; sordo, pero dador del sonido de campanas; desproporcionado en rasgos, pero lo es en igual desmesura, su bondad y lealtad; mostrando así las fusiones que crean la rarísima belleza de la vida.

Finalmente, esta bicicleta o emulación de equino girará la rueda del humano entregado a su destino, sin tiempo de criticar al otro, sin espacio para dar atención a otra cosa que no sea su desplazamiento, porque el efímero alcanza y, no es dable, no gozar la estancia.

Como se puede ver, esta parábola de la bicicleta es algo más que materialidad, enseña que al vivir nuestro destino nos fusionamos con éste. Por eso, el camino es el caminante, el viento es libertad, la fuerza es poder, e intentar es crecer. Así, como Rocinante es la bicicleta, mas, impensablemente, galopamos tal como existimos, y somos andantes de una historia moderna que cobra sentido siempre que comprendamos su buen-rodar. Inspirada en mis pañuelos del siete (2017).