Galo Guerrero-Jiménez
Trabajar y orientar la vida a través de la lectura de los libros libremente elegidos o de artículos científicos, de divulgación y de reflexión ensayística, aprovechando las tecnologías digitales, se convierte en una oportunidad, en un deber y en una confirmación de nuestra cultura, de nuestra formación y de nuestra carta de ciudadanía, dado que se va desarrollando una manera muy particular de ver la vida, las cosas y, fundamentalmente, a las personas que, de una o de otra manera, nos rodean, y que son el soporte de nuestra alteridad para articular nuestra condición humana en el tráfago de la educación, la comunicación y la comunión; elementos con los cuales la colectividad configura una manera de ser desde el entendimiento y el respeto a nuestro ecosistema, a nuestra corporeidad y al gozo estético y de conciencia lingüística de la palabra con la cual expresamos nuestro conocimiento del mundo, y en esa lucha continua para vivir en condiciones reales, afectivas y de lucidez mental para expresar lo que somos en esa formación y educación permanentes del lenguaje que constituye el deber ser de lo que, en efecto, somos.
Pues, sin un lenguaje que nos oriente, nos ahogamos en el mundo de la trivialidad y del desmerecimiento a lo plenamente humano; con mayor razón, hoy que nos invade el mundo de la informática y de la comunicación virtualizada; los nuevos lenguajes electronales a través de “la red informática se ha convertido en el nexo de la mayoría de las actividades humanas. Ahora, casi cualquier transacción financiera, social o política requiere la intervención del ordenador. En consecuencia, como Adán y Eva en el paraíso, no podemos escondernos del ojo que vigila desde las nubes” (Harari, 2024) algorítmicamente cada una de nuestras acciones cotidianas.
Pero sí podemos, en este nuevo orden informatizado y culturalmente adverso para generar un pensamiento altivo, alejado de la barbarie, desarrollar una actitud, aunque sea pequeña, día tras día, de silencio, de reposo para encontrarnos con el texto y, por ende, con el yo que somos, con ese lenguaje armónico del libro, aunque conflictivo, en muchos casos, porque reposada, hermenéutica y concienzudamente analiza la problematicidad del mundo, bien desde la ficción, la filosofía o desde la ciencia, porque son textos que tienen una calidad de vida reflexiva y crítica.
Pues, ya lo anticipó el escritor estadounidense Ray Bradbury, en su novela distópica escrita en 1953, Fahrenheit 451, señalando proféticamente lo que hoy ya vivimos: un mundo indeseable a pesar de todos los adelantos científicos y tecnológicos, pero alejado del mundo cultural y educativo-formativo, en el que, el desprecio al texto escrito sería evidente, con lo cual se perdería el condumio de lo humano que sí le caracteriza a un texto escrito, el cual tiene “calidad, textura y poros; y tiene rasgos. Si lo examina usted con un microscopio, descubrirá vida bajo la lente; una corriente de vida abundante e infinita. Cuantos más poros, cuantos más pormenores vivos y auténticos pueda usted descubrir en un centímetro cuadrado de una hoja de papel, más ‘letrado’ es usted. Esa es mi definición, por lo menos. Narrar pormenores. Frescos pormenores. Los buenos escritores tocan a menudo la vida. Los mediocres la rozan rápidamente. Los malos la violan y la abandonan” (2025) torpe, soez y descaradamente.
Desde luego, narrar pormenores desde el mundo de las letras, y desde el reposo del silencio y la meditación, de alguna forma equivale a lo que, otro gran texto, Aprendívoros. El cultivo de la curiosidad, de Santiago Beruete, nos confirma: “Cuando nos resignamos a hacer lo imprescindible y vivir con menos, todo se convierte en una bendición. La única manera de dominar la naturaleza es obedecerla. Se trata de una teoría conservadora al servicio de una praxis revolucionaria, que encierra el germen de una esperanza duradera para nuestro mundo al borde del colapso” (2021) existencial y culturalmente formado para disfrutar de la vida.
