Comunión, ataraxia y festividad lectoras

Galo Guerrero-Jiménez

Apreciar el valor de la palabra en todas sus dimensiones intelectuales, cognitivas, emocionales, cognitivas, estéticas, lingüísticas y desde la filosofía del lenguaje, es un reto que, cuando se trata de leer desde esta perspectiva, podría superarse el típico esquema de leer solo para encontrar información o para conocer algún aspecto substancial de la vida personal o profesional como si se tratase de una obligación.

Si bien es cierto que la palabra sirve para hablar, leer, escribir y escuchar, siempre y cuando la configuremos en la convivencia cotidiana de la comunicación, pero, especialmente, desde la comunión, que es la que hace posible el encuentro en expresión de servicio social, familiar, educativo, cultural y personal para el reconocimiento más sentido en el trato con los demás, desde un culto dúlico, unitivo,  participativo y compartido axiológica y ataráxicamente, es decir, desde la serenidad y el sosiego del espíritu que le debe caracterizar a cada interviniente, de manera que la comunicación y la comunión no se vean afectadas por emociones dañinas, sino más bien por el efecto positivo, de reconocimiento, de comprensión, de reflexión, de diálogo, de entendimiento, de inferencia, de discernimiento y, si es posible, con la debida argumentación crítica, cuando así fuere, según las diferentes variantes que la palabra tiene para manifestarse en plenitud festiva y dialógica en los espacios que le sean propicios.

En este orden, como señala Ana Luisa Tejeda: “Los maestros debemos dejar atrás la premisa de que lo más importante de leer es encontrar información, porque información no es conocimiento. Lo informativo tiene un carácter externo y pasivo, puede acumularse y mecanizarse [tal como sucede con los medios tecnológicos], en cambio, el conocimiento es interior y estructurado, se incorpora al niño lentamente, lo encamina a la acción y a la creación” (2012), con lo cual se asegura  un acercamiento cognitivo y estético en su temprana edad, de manera que la palabra escrita y leída se convierta en “un acto enriquecedor, que genera sensaciones, respuestas, expectativas, dudas, misterio, y abre las puertas al conocimiento; la lectura entra a su vida de una manera natural y gozosa, y da un sentido profundo a su crecimiento emocional e intelectual, de tal modo pasa de ser un individuo alfabetizado a ser lector” (Tejeda) ferviente, en cuya biografía expresa una nueva posición ante el mundo.

Por eso, ser lector desde esta óptica, abre el camino para la comunión y la ataraxia, en virtud de que se presenta un espacio de gozo, de esplendor festivo para ese naciente lector, tal como señala Byung-Chul Han: “El tiempo de fiesta es un tiempo de contemplación intensificada. El ‘sentimiento de festividad’, es un sentimiento intensificado. Las fiestas iluminan el mundo [del texto y de la vida] proporcionando sentido y orientación: ‘la fiesta indica el sentido de la existencia cotidiana, la esencia de las cosas que rodean al hombre y de las fuerzas que actúan en su vida. La fiesta, como una realidad del mundo” (2024) de ese lector escolarizado, y de todo lector que ha podido adentrarse desde este estado dúlico y de contemplación, ataráxico, de silencio y de gozo festivo con las palabras que lo atraen significativa y emocionalmente.

Sin embargo, para que se mantenga esta realidad festiva de la palabra, “la escuela debe enseñar a los alumnos a vivir en la incertidumbre, capacitarles para encontrar el equilibrio en medio del caos y conservar la serenidad [la ataraxia] pese a estar sometidos al continuo asedio del marketing personalizado y la manipulación digital de sus emociones y pensamientos” (Beruete, 2021) que son las que obnubilan la mente para leer pensando salomónicamente.