ALEGRES EN EL NOMBRE DE JESÚS 

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

El Papa Francisco, en la Exhortación Apostólica “Gaudete et Exultate”, “Alegraos y regocijaos”, reflexiona con el corazón y la mente, palpitante y abierta, sobre la realidad en la que viven los cristianos de este tiempo.  Enseña que el Señor lo pide todo, a cambio de una vida verdadera, la felicidad para la cual hemos sido creados. Sintetiza la riqueza de las bienaventuranzas.

Vivimos tiempos difíciles porque las circunstancias que afectan al mundo de hoy cambian muy rápido, como el rostro de las nubes en el firmamento. La misión de Jesús dejó muchas huellas imborrables en la humanidad. Sus palabras cambiaron el ritmo de la historia. Nosotros, herederos del tesoro de la Buena Noticia, asumimos muchos desafíos.

El querido médico griego, Lucas, investigó con suma diligencia todo lo que Jesús hizo y enseñó hasta que ascendió al cielo, después de enseñar a los apóstoles el sentido profundo de su rol como evangelizadores. Los comienzos de la Iglesia, inquietante para el poder de turno, molesto para el enclave geopolítico y religioso de su tierra, reciben la promesa de una compañía constante: el Espíritu Santo los llenará de fortaleza para vivir como testigos en todas partes, hasta los últimos rincones de la tierra. Los exhorta a cambiar su mirada al cielo.

Deben pisar con firmeza el suelo para que sus pies recorran los caminos del Evangelio. Jesús, que se despide “para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”. Una vivencia que impacta y un compromiso que conmociona. En la misma secuencia salvífica, el autor de Hebreos actualiza esta promesa: “Se manifestará por segunda vez, pero ya no para quitar el pecado, sino para la salvación de aquellos que lo aguardan, y en Él tienen puesta su esperanza”. Jesús, que nos hizo esta promesa, es fiel a su palabra.

Un buen amigo, sacerdote que vive en República Dominicana, analizaba una de las frases muy significativas que el Papa León XIV pronunció el día de su nombramiento como sucesor de Pedro y que pasaron desapercibidas para muchos: “El mismo Dios, así lo ha querido, nos creó distintos y diferentes, pero del mismo material y para la misma finalidad, para bendecirlo y glorificarlo”. Desde siempre, el Papa ha hecho un llamado a la paz. Recoge el sentir urgente de invitarnos a no tener miedo. Somos pescadores, remando en las aguas de un mar que, con frecuencia, no permite recoger peces. Las palabras de Jesús, siempre determinantes, nos animan a echar las redes una y otra vez. Los resultados, óptimos a la luz de los ojos humanos, son bendiciones en el corazón del buen Jesús.

Después del retorno de Jesús al Padre, los primeros misioneros regresan a la ciudad en la que fue levantada la cruz de la gloria del Hijo amado. En Jerusalén, llenos de gozo, exultantes con la paz del encuentro con Jesús, reafirman su compromiso de vivir en unidad. Decía San Agustín que “en lo esencial, unidad, en lo dudoso, libertad; en todo, caridad”. El Papa León, fiel a este principio, ha señalado la ruta por la que la Iglesia tiene que caminar. Las palabras que contienen el mensaje más directo, las bienaventuranzas, nos despiertan.