Fernando Oñate
La historia registra que Alejandro Magno (356 AC – 323 AC) al llegar a las costas fenicias y al ver que su ejército era ampliamente superado en número por el ejército enemigo, tomo una decisión inesperada: ordeno que los barcos griegos fueran quemados. Mientras los barcos ardían, les dijo a sus hombres: “Mirad como se queman las naves. Vamos adelante hacia la victoria, porque retroceder y volvernos no nos es posible. La única alternativa que tenemos es la de vencer”. Una historia similar se cuenta de Hernán Cortés cuando iniciaba la conquista de México. Sea cual sea el caso, la historia enseña que para obtener la victoria se debe estar dispuesto a darlo todo, no darse por vencido y jamás volver atrás.
Cambiar de empleo, quizá de ciudad o de país, emprender en algo propio es una decisión compleja y para muchos motivadores tomar esas decisiones implica dejar su zona de confort y arriesgarse es equivalente a quemar los barcos, pero no necesariamente ya que muchas de esas decisiones implican solo un cambio de escenario, no una verdadera transformación.
Cuando uno decide seguir al Señor y lo conoce verdaderamente no solo cambia, sino que nace de nuevo, se transforma en otra persona, diferente, casi irreconocible, mejor. El apóstol Pablo escribía a los Corintios “de modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17) y como enseñaba Jesucristo “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9: 62).
Tomar la decisión de quemar las naves no es sencilla, pues nos asaltará la duda y nos llevará a pensar que podemos arrepentirnos de la decisión tomada, pero es imperioso cortar con todo aquello que nos ata a aquella vieja manera de vivir, ya que esos vínculos estarán como barcos listos para emprender la retirada. Cortar con el pasado es una decisión radical, pero la victoria requiere de medidas radicales como las tomadas por Alejandro Magno.
El apóstol Pablo es una clara muestra del poder transformador de Jesucristo y él tenía claro que nacer de nuevo no implicaba perfección, por eso escribía “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13-14). Pablo dejó todo atrás, cortó con su vida pasada al punto de cambiar hasta de nombre. Quemó sus barcos y el Señor le dio la victoria. Es tiempo de seguir su ejemplo.
