Edwin Villavicencio
En el ejercicio del poder local, la urgencia, la pertinencia y la oportunidad son principios fundamentales que deben guiar la gestión pública. Estas categorías no son meramente administrativas; representan la capacidad de una autoridad para anticiparse a los problemas, priorizar correctamente y actuar de manera decidida. Sin embargo, en la práctica, muchas administraciones locales en el Ecuador han demostrado una desconexión con estos valores esenciales. El caso del alcalde de Loja, Franco Quezada, se ha vuelto un ejemplo emblemático de cómo la inacción, la improvisación y la falta de criterio político afectan directamente a la ciudad y a sus habitantes.
Desde su arribo al cargo, la administración de Quezada ha estado marcada por una lentitud exasperante para resolver los temas más apremiantes del cantón. La ciudadanía ha visto, con creciente frustración, cómo se acumulan los problemas estructurales: vías en mal estado, desabastecimiento continuo de agua potable, obras paralizadas, descoordinación institucional y una gestión errática de los recursos. Frente a esta realidad, se vuelve evidente que la administración no comprende que gobernar exige capacidad de respuesta inmediata ante las necesidades más básicas de la población.
Uno de los aspectos más críticos es la ausencia de planificación efectiva. No basta con inaugurar obras menores o pintar espacios públicos para aparentar gestión. El problema de fondo radica en la falta de liderazgo estratégico. La ciudad requiere políticas públicas con visión de futuro, y no una gestión reactiva que apenas alcanza a contener los síntomas del abandono. No se observa una lectura integral del territorio ni una priorización clara de las necesidades más urgentes. En este escenario, el discurso político se disocia completamente de la acción concreta.
La pertinencia también brilla por su ausencia. En lugar de concentrarse en los problemas estructurales, como el desarrollo urbano planificado, el fortalecimiento del sistema de agua potable o el impulso al sector productivo local, la gestión de Quezada parece enfocada en actividades sin impacto real o sostenibilidad. Las decisiones tomadas no solo son desarticuladas, sino que a menudo responden más al cálculo político que al bienestar ciudadano. Se prioriza lo que es visible para la fotografía o bailes populistas, pero no lo que transforma la vida de los lojanos.
La oportunidad, por su parte, ha sido reemplazada por la espera. Espera para intervenir mercados deteriorados, espera para tener agua potable de acceso continuo, espera para coordinar con otras instituciones, espera para resolver problemas de movilidad, espera incluso para dialogar con los gremios sociales. Esta actitud pasiva erosiona la confianza ciudadana y agrava los conflictos. La política no puede darse el lujo de esperar cuando la necesidad de la gente es urgente.
Franco Quezada ha demostrado que se puede ocupar el poder sin ejercerlo de forma efectiva. La falta de urgencia, pertinencia y oportunidad en su gestión no es solo un error técnico: es un fracaso político. Es una muestra clara de cómo una autoridad local, sin brújula, puede convertir la administración pública en un ejercicio de simulación y no de transformación.
Loja merece autoridades que escuchen, planifiquen y actúen. Que sean capaces de atender los problemas no cuando estos se vuelven inmanejables, sino antes de que exploten. La política local debe recuperar su sentido de inmediatez estratégica, porque el tiempo que se pierde en la inacción, se traduce en pobreza, desigualdad y frustración social.
