La queja y la solución

Diego Lara León

Hace unos días en un grupo de whattsapp uno de los usuarios se quejaba por algo que pasaba en la ciudad. En el mismo chat otro usuario le recordó, que aquel grupo fue creado para temas positivos, no para quejarse. La respuesta del “quejoso” fue clara: “al menos déjenme quejar por aquí porque así me desahogo, ya que no puedo hacerlo en otro lugar”.

Esta respuesta me recordó una de las clases de psicología organizacional, en la cual mi profesora nos decía: “cuídense de los colaboradores que viven quejándose, ellos dañan el clima laboral y complican las soluciones. Sin embargo, las quejas deben permitirse de manera controlada y con límites claramente marcados”.

¿Por qué dijo eso mi maestra? Nos explicó que expresar nuestras quejas puede aliviar el estrés o hacernos sentir comprendidos, pero mantener este hábito puede tener consecuencias inesperadas.

Cuando nos quejamos, nuestro cerebro libera dopamina, un neurotransmisor asociado al placer y al deseo. Esto explica por qué quejarse puede ser placentero de forma inmediata, ya que el ser humano siente una liberación emocional momentánea. Sin embargo, este efecto no está relacionado con la armonía o el bienestar duradero, que dependen más de neurotransmisores como la serotonina.

El doctor Estanislao Bachrach, experto en neurociencias, señala que, aunque las quejas generen dopamina, también pueden desencadenar la liberación de cortisol y adrenalina, neurotransmisores vinculados al estrés y la ansiedad. Este doble efecto hace que la satisfacción inicial de quejarse pueda convertirse en un problema si se convierte en un hábito.

Quejarse constantemente puede reforzar patrones de pensamiento negativos en nuestro cerebro. Según investigaciones de la Universidad de Stanford, escuchar o expresar quejas durante solo 30 minutos al día puede reducir el tamaño del hipocampo, una región cerebral crucial para la memoria y la resolución de problemas.

Peter Drucker afirma que: “sin lugar a equivocarme, quien es muy bueno quejándose, es muy malo en resolviendo los problemas de los que se queja”.

El doctor Travis Bradberry, en su libro How Complaining Rewires Your Brain for Negativity, explica que quejarse reconfigura nuestro cerebro, haciéndonos más propensos a expresar negatividad en el futuro. Este proceso, conocido como neuroplasticidad, remodela nuestras neuronas y dendritas, dificultando nuestra capacidad para experimentar placer o pensar con claridad.

Por tanto, la queja nos lleva al estrés y a la negatividad, y no solo afecta nuestra salud mental, sino que también puede disminuir nuestra capacidad para apreciar lo positivo en la vida. Con el tiempo, el hábito de quejarse agota los recursos emocionales y refuerza una visión pesimista del mundo. ¿Ustedes le entregarían el liderazgo de una sociedad a un pesimista compulsivo?

Aunque quejarnos pueda ofrecer una satisfacción inmediata, es fundamental reconocer sus efectos a largo plazo. Adoptar prácticas como la gratitud y el reconocimiento de logros de los demás puede ayudarnos a reconfigurar nuestro cerebro para enfocarnos en lo positivo. Reemplazar las quejas con soluciones prácticas o reflexiones constructivas puede ser un primer paso hacia un bienestar emocional más sostenible.

Comprender el impacto de las quejas en nuestro cerebro nos permite tomar decisiones conscientes sobre cómo manejar nuestras emociones, promoviendo un equilibrio entre la liberación momentánea y el bienestar duradero.

En aquella clase, mi profesora nos puso un reto: “el que no se queje por nada en una semana, queda exonerado del examen final”. El día del examen todos, absolutamente todos, estábamos sentados rindiendo aquel complejo, pero enriquecedor examen.