JESÚS Y NOSOTROS 

    P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Los autores del Nuevo Testamento escriben su obra con una intención clara y definida: quieren compartir con sus destinatarios su profesión de fe en Jesucristo. Tienen una convicción única a través de la cual transmiten la Buena Noticia. El acontecimiento «Jesús de Nazaret» ha cambiado la historia de la humanidad. La resurrección da sentido a su fe. Sin ella, nada tendría razón de ser.

Por Jesucristo han quemado las naves y han decidido emprender nuevos retos. Han remado mar adentro, contra viento y marea. Han recogido una numerosa cantidad de pescados cuando la impotencia humana los llevaba al desaliento. San Pablo en la segunda carta a Timoteo dirige un testamento de amor y fidelidad.

Comparte su riqueza espiritual. Presiente que las horas de su existencia están agotándose. Vive con piedad los últimos momentos de su existencia: “Ha llegado para mí la hora del sacrificio y se acerca el momento de mi partida”.  ¿Cómo ha respondido Pablo a la misión encomendada por Jesús? Pablo redacta con sutileza algunas cartas en las cuales confiesa la razón de su seguimiento: “He luchado bien el combate. He recorrido hasta la meta. He perseverado en la fe”. Espera, con fidelidad, la muerte inminente para emprender la ruta más difícil y testimonial.

Quiere encontrarse con la verdad absoluta, razón de amar y resistir con fortaleza los golpes de la indiferencia que vive en la mente y el corazón de muchos seres humanos: “Cuando todos me abandonaron el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para, que, por mi medio se proclamara claramente de salvación y lo oyeran los paganos…El Señor nos seguirá librando de todos los peligros. Nos llevará sanos y salvos a su Reino Celestial”. San Lucas, en Hechos de los Apóstoles, narra con detalle los momentos más cruciales de los primeros cristianos. Encarcelados, pero alegres, reciben la visita de los Ángeles que los liberan de los males que quieren impedir su misión. San Mateo, testigo fidedigno de las enseñanzas de Jesús, escucha varias preguntas y respuestas en torno a su identidad.

La gente y los discípulos tienen cuestionamientos que requieren aclaración: “Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?”. Pedro responde con firmeza. Quiere sanar la herida de su deslealtad cometida en la noche del jueves en la que negó tres veces a su Maestro: “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús lo bendice con una maravillosa oración que redime sus faltas y lo compromete a continuar trabajando en el anuncio: “Tu eres Pedro y sobre está piedra edificaré mi Iglesia”.

La misión continúa con la potestad que recibe de atar y desatar: “Todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. La Iglesia alimenta su fe con la presencia del Resucitado en medio de ella. Recibir a Jesús en nuestro corazón implica fortalecer la fe, renunciar a todos los impedimentos que nos alejan del verdadero amor eucarístico. En sintonía con el poder otorgado a Pedro, la Iglesia debe responder al mandato del Señor: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia, en todos los rincones de la Tierra”.