Fernando Cortes
La señora del video viral nos confronta con la pregunta más incómoda de la existencia: ¿tienes la valentía de posicionarte? Su repetitivo «amén o no amén» trasciende lo religioso para convertirse en un manifiesto existencial.
Vivimos en la era de los «tal vez», los «depende», los «no sé». Una época donde la tibieza y la indecisión se disfrazan de prudencia. Pero esta mujer, con su insistencia casi obsesiva, nos devuelve a la esencia: la vida exige una respuesta.
Epicuro entendió que el placer genuino no reside en la acumulación compulsiva, sino en la capacidad de elegir conscientemente qué merece nuestra atención. Cada «amén» es una afirmación del ser que se atreve a existir plenamente; cada «no amén» es un acto de rebeldía contra lo impuesto. Ambos requieren coraje.
El existencialismo nos recuerda que somos «condenados a ser libres», como plantea Sartre. Esta libertad implica que cada momento es una encrucijada: podemos elegir la autenticidad del compromiso o la comodidad anestesiante de la neutralidad.
La señora del video encarna la urgencia existencial que hemos perdido. Su pregunta no admite medias tintas porque la vida no se vive a medias. Pessoa lo sabía: «Para ser grande, sé entero: nada tuyo exageres o excluyas. Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres en lo mínimo que hagas». La luna brilla completa en cada lago porque no escatima su luz. Así debe ser nuestra existencia: total en cada gesto, íntegra en cada decisión.
Mientras nosotros posponemos decisiones, ella exige: ¿estás aquí o no estás? ¿jalas o no das el voltaje?
Nos hemos metamorfoseado en fantasmas de nosotros mismos, espectadores inertes de una existencia tercerizada a algoritmos que modulan nuestros deseos. Pero la autenticidad demanda revolución interior: la capacidad de decir sí o no desde el espíritu, no frenados por el miedo o el qué dirán. Es momento de la autenticidad.
Epicuro buscaba la ataraxia no como escape, sino como lucidez para discernir qué vale la pena. El existencialismo nos empuja a asumir la responsabilidad total de nuestras elecciones. Ambos convergen en una verdad demoledora: una vida sin posicionamiento es una vida sin vida.
Hemos perdido la capacidad de sentir profundamente porque hemos domesticado nuestra intensidad. Nos sedamos contra el vértigo de existir, nos evadimos en simulacros digitales, aplazamos los encuentros íntegros con la realidad. Pero la vida auténtica no negocia: exige presencia total, vulnerabilidad sin anestesia, el coraje de brillar completos como la luna en cada instante.
La vida es una sucesión de amenes y no amenes. Cada uno esculpe su identidad en el mármol del tiempo. No existe asilo en la neutralidad cuando se trata de existir. Solo la valentía de ser todo en cada cosa o la traición silenciosa de vivir a medias tintas.
¡¿Amén o no amén?! La pregunta queda abierta, esperando tu respuesta.
