ESCUCHAR LA VOZ DE DIOS

El verbo “escuchar” aparece miles de veces en la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento. Conlleva desarrollar una actitud de respeto y de obediencia ante una palabra, o enseñanza, expresada por un maestro de sabiduría. En la Palabra de Dios la invitación a escuchar tiene un contenido solemne. Dios habla, el Pueblo escucha y responde.

En el libro del Deuteronomio, la relación entre la palabra y la acción, muy cercana como la claridad de un hermoso día, revela la presencia amorosa de Dios en la vida del hombre. Moisés, líder y guía de un pueblo, transmite verdades y siembra compromisos: “El señor, tu Dios, te manda guardar sus mandamientos y disposiciones escritos en el libro de esta Ley. Y conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda tu alma”. Los mandamientos, palabra viva de Dios, están al alcance del hombre sencillo que agradece por las maravillas realizadas en la creación. No son superiores a las fuerzas humanas. La Palabra, que viene de Dios está en la boca y en el corazón del hombre, para que la cumpla. El autor del Salmo 68 invoca la misericordia de Dios con palabras muy sentidas, propias de quien reconoce su cercanía. La espiritualidad de la literatura sapiencial, humilde y fervorosa, acentúa la importancia de elevar los labios al infinito para recibir la respuesta necesaria a su invocación: “Se alegrarán al verlo los que sufren; quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás desoye al pobre…”. La carta de Pablo a los colosenses contiene un gran tratado de Cristología. El Apóstol ha redactado un testamento espiritual que nace del corazón y del pensamiento de quien ama y a quien entrega su vida para que nosotros tengamos la dicha de recibir la plenitud de la salvación: “Porque Dios quiso que en Cristo habitara toda plenitud…y darles la paz por medio de su sangre derramada en la cruz”. Jesús, escribió Pablo en otra carta, siendo de condición divina se anonadó a sí mismo por nuestra condición pecadora para que obtengamos gracias y bendiciones. La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos es el modelo de oración confiada que todo creyente debe apropiarse: “Padre, si tu quieres aparta de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad, no la mía”. La plegaria confiada, en momentos de angustia e incertidumbre, recibe la respuesta oportuna y necesaria. San Lucas, el Evangelio de la Misericordia, desarrolla una catequesis acerca de la manera de hablar con Dios: “Maestro, ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”. Jesús recuerda al doctor de la ley la profundidad del mandamiento del amor. La ley de Moisés enseña el cumplimiento de los mandamientos como un camino para vivir en paz consigo mismo y con los otros. Añade la regla de oro que contiene lo fundamental en base al testimonio de un Samaritano que entrega todo para que el hombre sufriente reciba la atención y la sanación completa: “¿Quién de los tres se comportó como prójimo?”. Quien ama de verdad es aquel que tiene compasión por el dolor de los demás”. Jesús nos invita a hacer lo mismo.