Edwin Villavicencio
La próxima consulta popular, planteada como antesala de una Asamblea Constituyente, no será un simple termómetro del humor político: decidirá el mapa de reglas que ordenará el poder en los próximos años. En la papeleta no solo se juega un “sí” o un “no”, sino el modo en que el país define quién redacta, con qué límites y durante cuánto tiempo. Por eso importa tanto la calidad de la pregunta como la madurez del debate. Una consulta puede abrir puertas a una reforma ordenada o empujar a un túnel de ambigüedades; el resultado dependerá menos del eslogan y más de la precisión jurídica con la que llegue a las urnas.
Primer escenario: victoria del “sí” con reglas nítidas. Si el texto consulta define con claridad el sistema de elección de constituyentes, sus competencias, la relación con los poderes vigentes y un calendario de transición, el país entra a una ruta institucional exigente pero previsible. Habrá que acordar candados para proteger derechos, autonomía judicial y organismos de control; definir controles de tiempo y control constitucional de los actos de la Asamblea; y transparentar costos, logística y cronograma electoral. Ese “sí” con brújula es políticamente duro, pues obliga a pactar con adversarios y renunciar a ventajas coyunturales, pero reduce la incertidumbre y permite que la discusión de fondo sea programática y no de fuerza.
Segundo escenario: triunfo del “sí” con zonas grises. Si la papeleta es ambigua sobre atribuciones o plazos, o si el “mandato popular” se interpreta como cheque en blanco, lo previsible es un choque de trenes: recursos ante la justicia, pugna entre funciones del Estado, señales confusas a inversionistas y fatiga social. La historia muestra que la indefinición es más corrosiva que el desacuerdo: alienta maximalismos, paraliza decisiones y convierte cada paso procedimental en una batalla, diluyendo legitimidad antes de que la Asamblea siquiera sesione. Un “sí” sin manual de uso desplaza la legitimidad del voto hacia la discrecionalidad del que grita más fuerte.
Tercer escenario: victoria del “no” o un “sí” débil frente a altos niveles de nulo y abstención. En ambos casos, el mensaje político es conservar la arquitectura actual y tramitar cambios por los carriles ordinarios: enmiendas, reformas legales, acuerdos sectoriales en seguridad, justicia y economía. Este desenlace no resuelve por sí mismo los déficits de representación, pero obliga a los actores a negociar en el marco vigente y a rendir cuentas sobre políticas concretas. Un “no” convincente estabiliza el tablero; un “sí” exiguo obliga a replantear el impulso constituyente, so pena de nacer con déficit de legitimidad.
Entre esos extremos se mueven variables que inclinarán la balanza. La claridad jurídica previa, preguntas comprensibles, estatutos leales al elector, es la primera. La pedagogía pública, explicar con números y escenarios, no con consignas, es la segunda. La tercera es el contexto: cuando la economía aprieta o la seguridad se percibe frágil, las consultas se plebiscitan y la gente vota por castigo o respaldo coyuntural. Por eso urge separar la evaluación de la gestión del gobierno de la decisión sobre las reglas; mezclar ambas cosas fabrica resultados volátiles.
El periodismo y la academia tienen un papel ineludible: auditar el lenguaje de la consulta, traducir tecnicismos y marcar la diferencia entre opinión y evidencia. No se trata de escoger bandos, sino de exigir que cada promesa venga con su hoja de cálculo: cómo se elige, cuánto cuesta, qué se protege, cuándo termina. La ciudadanía, por su parte, puede y debe premiar la precisión: una sola pregunta clara vale más que diez vaguedades seductoras.
Al final, el verdadero examen no es si habrá o no Constituyente, sino cómo decidimos al respecto. Un “sí” con reglas claras puede abrir una reforma institucional razonable; un “sí” nebuloso puede instalar meses de litigio; un “no” rotundo puede reencauzar la energía hacia reformas graduales. Lo más peligroso no es perder ni ganar, sino ganar sin brújula o perder sin plan. De eso se trata el “manual de uso”: que el país llegue a la consulta con norte, calendario y candados, y salga de ella con una ruta aceptable para perdedores y ganadores. Si la decisión se toma con precisión y honestidad, la consulta no será un salto al vacío, sino un peldaño hacia un Estado más predecible. Si se toma con consignas, será otra vuelta al carrusel de la incertidumbre. La elección, literalmente, está en la papeleta.
