UN PADRE QUE ESCUCHA

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Una vez más nos encontramos con un legado espiritual de primera mano, con enseñanzas llenas de fe, paz y sabiduría. Nos invitan a encontrarnos con Dios, Padre, lleno de confianza y misericordia. El libro del Eclesiástico nos permite reflexionar en torno a una frase que dice mucho: “El Señor es un juez que no se deja impresionar por las apariencias”.

El autor sagrado profundiza en la importancia de la justicia divina. Uno de los atributos de Dios, desde la perspectiva antropológica, es la santidad. Dios es bueno y santo. No mira las apariencias, tampoco toma en cuenta la condición social y escucha con paciencia el clamor del huérfano y de la viuda, dos seres indefensos, con frecuencia abandonados y discriminados: “No menosprecia a nadie por ser pobre y escucha las súplicas del oprimido”. El servicio a Dios debe nacer del corazón, desde la interioridad del hombre sencillo que escucha y asimila la Palabra viva de Dios. La oración del humilde atraviesa las nubes, llega hasta el cielo porque persevera hasta alcanzar la justicia que anhela.

En este libro sapiencial se unen dos mundos. Por un lado, la fidelidad del hombre que busca a Dios. Por otro, la cercanía de un Padre dispuesto a acompañarlo en toda circunstancia. Dios es grande, levanta a las almas abatidas, escucha al hombre justo, lo libra de todos sus pesares. El hombre que ama y confía vive orgulloso del Señor. Es su escudo y su defensa ante los ataques del mal. El alma del salmista vibra en la presencia del Altísimo: “Bendeciré al Señor a todas horas, no cesará mi boca de alabarlo”. En contra del malvado está el Señor para borrar de la tierra su recuerdo. Dios, Sumo Bien, es Padre, amigo, confidente y sabio. San Pablo abre su corazón para compartir la herencia espiritual de Jesucristo.

El Apóstol de las naciones, encarcelado y flagelado por Jesucristo, presiente que ha llegado la hora del sacrificio y es inminente su muerte. Reconoce y reafirma que “he luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe. Ahora solo espero la corona merecida, con la que el Señor, justo juez, me premiará en aquel día” junto a quienes han perseverado y esperan con amor su venida gloriosa. En la prisión, solo y desamparado, el Señor le dio fuerzas para proclamar el Evangelio. La oración no necesita etiquetas, ni se ampara en la dudosa diplomacia de los escribas y fariseos.

El desprecio a los sencillos no agrada a Dios. La justificación de las acciones cometidas por los soberbios se contrapone a la gracia y al perdón. La plegaria del publicano, “Dios mío, apiádate de mí que soy un pecador”, alcanza la misericordia divina. Jesús, después de narrar esta parábola, expresa: “Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. El mensaje del Evangelio de este domingo aclara dos realidades ambiguas y oscuras. La prepotencia y la soberbia no unen, dividen y destruyen. La actitud del hombre humilde conmueve a Jesús. Nos invita a presentarnos ante Dios con un corazón dispuesto a dejarnos renovar. María, modelo de paz y sencillez, abre su corazón para bendecir.