César Augusto Correa

El 25 de octubre de 2005, hace dos décadas, falleció en Quito el Notario de Machala, José Javier Cabrera Román, mientras se divertía con una jovencita en un hotel, hundiendo en la desesperación a decenas de miles de ecuatorianos que cegados por la codicia le habían depositado sus fortunas, haciendo tambalear a algunas instituciones financieras y cambiando las costumbres que estaba imponiendo su pirámide económica.
Se llegó a conocer que el Notario Cabrera recibía dinero en préstamo por el que pagaba el 10 % de interés mensual, desde hacía unos 40 años atrás, aunque la fiebre de entregarle despreocupadamente fuertes sumas de dinero se desató al comenzar el siglo XXI. Nadie conocía qué hacía el notario con los millones que recibía y de qué operaciones obtenía ganancias enormes como para soportar ese interés tan alto. Una estimación callejera estableció que por lo menos Cabrera había captado unos 400 millones de dólares.
En 2005 diariamente había una cola interminable de gente que iba a cobrar el interés de lo depositado o a rogar que les reciban los miles que llevaban para beneficiarse de tan jugosas ganancias.
Después de la escandalosa muerte del Dr. Cabrera pude ver unas 4 letras de cambio que habían recibido personas que entregaron su dinero en Machala. Una tenía un pequeño patito estampado con un sello en el sitio de la aceptación; las otras 3 letras tenían unos garabatos, que en ningún momento comprometían al señor Cabrera. Con esas letras era imposible iniciar una reclamación judicial, es decir, los prestamistas -agiotistas- enloquecidos por la ambición, dejaron sus dólares sin ningún respaldo legal.
Entre los prestamistas-agiotistas se descubrió que estaban altos funcionarios públicos, legisladores, oficiales de altos grados en el ejército, que, lógicamente, no querían por ningún concepto que desaparezcan o se interrumpan las operaciones del notario, que hasta el final de sus días siguió montando su pirámide, a vista y paciencia de las autoridades
El cadáver de Cabrera fue llevado a Machala y sepultado en su cementerio, donde la tumba fue violada por prestamistas-agiotistas que dudaban de su muerte y querían cerciorarse de que había fallecido.
Los militares ¿generales? no estuvieron para esperar procedimientos judiciales para ver si recuperaban sus «inversiones». En un día de noviembre de 2005 llegaron desde Quito en un avión, con tácticas militares rompieron el control policial de la casa, penetraron en ella, llenaron costales con los billetes que por montañas estaban hasta en el servicio higiénico, salieron tranquilamente y retornaron a Quito. Aprovechando el ingreso de los militares muchos prestamistas agiotistas también ingresaron a la casa y la saquearon.
Una variedad de historias comenzó a circular, que tanto generaban pena como hacían reír. Fulano vendió su casa y todo lo puso donde el notario Cabrera. Mengano vendió sus buses que tenían en la cooperativa de transportes y lo perdió todo donde el notario. Sutano sacó plata en el banco hipotecando su casa y ahora la va a perder, porque no tiene con qué pagar. Eran increíbles y fabulosas las historias de cada uno.
Las cooperativas de ahorro y crédito entraron en conflictos porque no pagaban sus créditos los que obtuvieron préstamos, que llevaron a colocar en Machala. Fue necesario que reprogramaran la devolución de depósitos durante un año para recobrar normalidad.
De cada sitio de la provincia de Loja se contaron anécdotas, que supongo ocurrieron también por el resto del país. En Puyango, por ejemplo, ya se había convertido en costumbre apostar cien dólares en cada partido de voleibol, con la muerte del notario esas apuestas bajaron a 5 dólares.
Hurgando los archivos del notario las autoridades elaboraron una larga lista de los prestamistas, seguramente incompleta, que fue publicada por el diario HOY. Se conoció que esa lista sirvió para sancionar con el despido a funcionarios tanto del sector público como del privado.
Lo del notario Cabrera era insostenible, tarde o temprano tenía que caer, que quebrar, era obvio, pero la gente se dejó arrastrar por la corriente y arriesgó todos sus ahorros. La gente no aprende, luego se han repetido otros casos, aunque de menor cuantía. Igual sucede en las elecciones, las mayorías se dejan encandilar con ofertas fabulosas, que nunca se cumplen, pero entregan su voto a sus propios verdugos.
