Edwin Villavicencio
En campaña, casi todos los políticos se parecen: prometen cielo. Hablan de cambio, transparencia, manos limpias, respeto a la gente y ruptura con “los mismos de siempre”. El problema aparece después, cuando ganan. Ahí se abre el abismo entre el discurso y la verdad: lo que ofrecieron como paraíso termina convertido en un pequeño infierno de caudillismo, autoritarismo y cálculo personal.
En Ecuador, esa brecha se repite elección tras elección. No se trata solo de promesas incumplidas, algo casi crónico, sino de candidatos que ya gobernaron, ya defraudaron y aun así vuelven a presentarse como si nada hubiera pasado. Muchos han “pisado cabezas”: persiguieron críticos, concentraron poder, usaron el aparato público como botín. Hoy, con eslóganes renovados y estrategia de redes más sofisticada, piden otra oportunidad confiando en una idea peligrosa: “la gente olvida rápido”.
Durante la campaña, el discurso se viste de cielo: lenguaje emotivo, gestos de humildad, fotos con niños, visitas a mercados, promesas de escuchar a todos. Una vez en el cargo, aparece el infierno: cerrazón, decisiones entre cuatro paredes, persecución a quien disiente, contratos opacos para los cercanos, alcaldes o prefectos que confunden el presupuesto público con su patrimonio político. El tránsito del cielo al infierno no es casual; es el resultado de una cultura de impunidad política.
El caudillo se alimenta justamente de esa amnesia social. Sabe que un buen manejo comunicacional, unas cuantas obras visibles y una narrativa victimista pueden tapar abusos y fracasos. Se presenta como “el único capaz de poner orden”, aunque su historial muestre autoritarismo y desprecio por los contrapesos. Así, el discurso vuelve a maquillar la verdad, y el ciclo se renueva.
La responsabilidad no es solo de los políticos. También recae en partidos que, lejos de ser filtros éticos, funcionan como franquicias electorales al servicio del caudillo de turno. En lugar de evaluar trayectorias, exigir cuentas o impulsar nuevos liderazgos, reciclan nombres quemados porque “tienen votos”. Y recae en una parte del electorado que, cansado y decepcionado, se refugia en el cinismo: “todos roban, pero que hagan algo”. Esa resignación es el mejor combustible para que nada cambie.
Romper la distancia entre discurso y verdad exige tres cosas. Primero, memoria: no “tragar entero” cada campaña, sino revisar lo que cada candidato hizo cuando tuvo poder. Segundo, instituciones que acompañen esa memoria: medios, observatorios, organizaciones sociales que documenten, comparen y pongan datos sobre la mesa. Tercero, ciudadanos dispuestos a castigar en las urnas a quienes ya demostraron que su cielo era falso.
La democracia no puede sostenerse sobre la lógica del engaño repetido. Cuando el elector confirma, una y otra vez, que lo que le prometen en campaña se convierte en su contrario, se erosiona la confianza en el sistema entero. El riesgo no es solo elegir mal; es abrir la puerta a salidas autoritarias que se presentan como “sinceridad brutal” frente a tanta hipocresía.
Entre el discurso y la verdad hay, efectivamente, la diferencia entre el cielo y el infierno. Los candidatos seguirán intentando vender paraísos instantáneos; es su oficio. La tarea democrática es que, al menos una vez, el elector les recuerde que ya vio ese infierno de cerca y que no está dispuesto a repetirlo. Solo cuando el voto deje de premiar a quienes mienten con más habilidad, la política dejará de ser ese viaje circular entre promesa celestial y caída al vacío.

