Galo Guerrero-Jiménez
Hace 40 años en que, profesional y vocacionalmente, inicié mi carrera como docente en el campo de la literatura, la lengua española y la filosofía, con la enorme satisfacción de trabajar con el valor humanístico y científico que la palabra tiene en sus múltiples dimensiones lingüísticas: hablarla, escucharla, leerla y escribirla, han sido mis pasiones literarias que nacieron propiamente a los ocho años de edad cuando por casualidad y por entretenimiento empecé a leer esas bellas aventuras que en revistas ilustradas con apenas tres colores: blanco, negro y café, se editaban semanalmente: Kalimán, Juan Sin Miedo, el Llanero Solitario, Tarzán, Santos el Enmascarado de Plata, Hermelinda, Memín, Arandú y otras que, con ansias los niños y los jóvenes de hace 60 años esperábamos, inquietos, leerlas, alquilándolas en las tiendas de abarrotes, que era en donde se exhibían para el deleite nuestro, introduciéndonos en la trama de aquellas historietas que marcaron el interés por leer y leer con la mayor avidez emocional con la que a esa edad se podía disfrutar de ese mundo de ficción y que, aguda, lúdica y estéticamente revoloteaban en la plasticidad cerebral de nuestra mente infantil.
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