Galo Guerrero-Jiménez
Hace 40 años en que, profesional y vocacionalmente, inicié mi carrera como docente en el campo de la literatura, la lengua española y la filosofía, con la enorme satisfacción de trabajar con el valor humanístico y científico que la palabra tiene en sus múltiples dimensiones lingüísticas: hablarla, escucharla, leerla y escribirla, han sido mis pasiones literarias que nacieron propiamente a los ocho años de edad cuando por casualidad y por entretenimiento empecé a leer esas bellas aventuras que en revistas ilustradas con apenas tres colores: blanco, negro y café, se editaban semanalmente: Kalimán, Juan Sin Miedo, el Llanero Solitario, Tarzán, Santos el Enmascarado de Plata, Hermelinda, Memín, Arandú y otras que, con ansias los niños y los jóvenes de hace 60 años esperábamos, inquietos, leerlas, alquilándolas en las tiendas de abarrotes, que era en donde se exhibían para el deleite nuestro, introduciéndonos en la trama de aquellas historietas que marcaron el interés por leer y leer con la mayor avidez emocional con la que a esa edad se podía disfrutar de ese mundo de ficción y que, aguda, lúdica y estéticamente revoloteaban en la plasticidad cerebral de nuestra mente infantil.
Y es que, desde entonces, a esa tierna edad y sin que quizá aún lo supiera, mi inclinación por la literatura quedó impregnada para siempre; pues, la lectura, como señala Elba Edith Ramírez Bañuelos, “siempre es antes que nada un acto de amor. La memoria poética, la armonía vital que conmueve es lo que a todos los lectores, grandes y pequeños, nóveles o expertos, nos lleva una y otra vez a las páginas de un nuevo libro” (2021), tal como sucedió conmigo: ese recorrido vital con la palabra escrita, leída, escuchada, explicada, comentada y narrada a través de, con muchísima suerte lo digo, la calidad humana de los profesores que tuve a lo largo de mi trayectoria estudiantil, tanto en la escuela, en el colegio y en las universidades, tanto locales, nacionales e internacionalmente por donde, luego, la academia, la docencia y la investigación me llevaron para continuar con el estudio y el deleite de cientos y miles de textos que hoy me acompañan en mi largo caminar por el mundo de la ensoñación, de la docencia, del compromiso, del deleite y de la formación que me han permitido entrar en contacto con esas realidades, con esas ficciones, con ese filosofar que los libros poseen cuando la pasión nos invita a leerlos.
Por supuesto, como señala el afamado escritor Alberto Manguel: “Puede que los libros no cambien nuestro sufrimiento, puede que no nos defiendan del mal, puede que no nos digan qué es bueno o qué es hermoso, y ciertamente no nos protegerán de nuestro común destino final. Pero nos conceden innumerables posibilidades: la posibilidad de cambio, la posibilidad de iluminación. Puede que no haya un solo libro, por bien escrito que esté, capaz de restar un gramo de dolor a la tragedia [de tantas desdichas humanas], pero puede también que no haya un solo libro, por mal escrito que esté, que no ofrezca una epifanía al lector al que está destinado” (2007).
Heme aquí, entonces, con la alcurnia de la palabra, con la epifanía que ella me ha despertado para continuar leyendo, escribiendo, aprendiendo, enseñando y trabajando en el ejercicio del discernimiento, como señala el papa Francisco: “Leyendo un texto literario, nos ponemos en la condición de ‘ver también por otros ojos’, ampliando la perspectiva que expande nuestra humanidad. De ese modo, se activa en nosotros el empático poder de la imaginación, que es un vehículo fundamental para esa capacidad de identificarse con el punto de vista, la condición y el sentimiento de los demás, sin la cual no existe la solidaridad ni se comparte, no hay compasión ni misericordia. Leyendo descubrimos que lo que sentimos no es solo nuestro, es universal, y de ese modo, ni siquiera la persona más abandonada se siente sola” (2024). Que así sea. Así es.
