Al paisaje lojano

José Antonio Mora

Al paisaje lojano le confieso que forma parte intrínseca de lo más profundo de mi ser. Día tras día, ha construido un testamento de historias, anécdotas y recuerdos que no son más que la fórmula equilibrada entre idiosincrasia, evolución e instinto social. Nuestra sociedad es tan particular que resulta reconocible en cualquier latitud del hemisferio; quien está junto a un lojano sabe que tiene asegurada la cordialidad y una forma de pensar muy propia. Ese pensamiento, reflejado en el actuar cotidiano, termina configurándose como una serie de paisajes que retratan la realidad del lojano, tanto dentro como fuera de su hogar.

En esa realidad conviven la viveza criolla, el carácter cómico y esa particular forma de hablar con un dialecto que, entre comillas, solemos llamar «correcto».

Sin embargo, el paisaje de Loja no consiste solo en mirar hacia el cerro Villonaco para apreciar sus constantes hélices o los monumentos que se erigen en distintos puntos del casco céntrico. Tampoco le pertenece exclusivamente a esos ríos que, lamentablemente, han perdido su estética original, pero que persisten como arterias fluviales del sur del país. El paisaje lojano tampoco se limita a reconocer una arquitectura que ha dejado de estar consolidada bajo un mismo estilo. Las calles de Loja transitan de lo colonial a lo moderno, de lo barroco a lo contemporáneo, con innumerables formatos híbridos propios del gusto particular y una cromática visual donde se encuentran casi todas las gamas del círculo cromático.

Nuestro paisaje se configura también desde las escenas de identidad local: la interacción en la fila de una ventanilla de servicios, la forma de «hacer conversa» o el ingenio para evitar el aburrimiento. Es esa fusión de jergas y generaciones; es entender que el lojano mantiene una vida social activa que se consolida según su grupo etario en las calles, cafeterías, discotecas o en la intimidad de los hogares.

El paisaje lojano se enriquece de los rituales que no podemos abandonar: comer fritada el fin de semana, salir por helados en familia o participar de la vida religiosa. Se trata de identificar esos rostros que, en una ciudad todavía pequeña, se vuelven recurrentes en la rutina diaria, ya sea en los quehaceres laborales o personales.

Y existe otra particularidad que nos define: nos llamamos «capital cultural» y nos asumimos fieles consumidores del arte, siempre y cuando esto no incomode el bolsillo o sacrifique el ninguna de nuestras rutinas sagradas. Somos defensores de nuestros modos de convivencia, dueños de verdades y expertos en temáticas que, a veces, ni siquiera son nuestra especialidad. Somos aquello que somos y, a la vez, lo que no somos.

Al final, con sus luces y sombras, es innegable que al pisar terrenos ajenos añoramos cada uno de estos detalles con total honestidad. Surge entonces el deseo incansable de retornar a nuestra tierra, sabiendo que, entre tanta imperfección, el paisaje lojano nos llena no solamente el alma, sino también el corazón.