El baúl de los recuerdos: El vía crucis de los pueblos fronterizos de Loja

Efraín Borrero Espinosa

Durante la Guerra del Cenepa entre Ecuador y Perú, en 1995, Josefina Villalobos de Durán-Ballén, a quien decíamos afectuosamente Doña Finita, decidió visitar el sector fronterizo de la provincia de Loja para reafirmar la valiente postura de su esposo, Sixto Durán Ballén, Presidente Constitucional de la República: «Ni un paso atrás».

Doña Finita había visitado Loja en varias oportunidades durante el mandato de su esposo y se sentía complacida por el afecto y simpatía de los lojanos, pero en aquella ocasión el objetivo era supremo y se propuso cumplirlo sincera y patrióticamente.

En el aeropuerto de Catamayo la recibimos con calidez para inmediatamente emprender viaje hacia los pueblos del cordón fronterizo. Descendió del avión acompañada de su hija y una corta comitiva.

A la altura del sitio El Empalme el personal de seguridad dijo a la Primera Dama que en salvaguarda de su integridad debe descartar la posibilidad de avanzar hasta Macará, sugiriéndole que el viaje se contraiga exclusivamente a visitar Celica. Así ocurrió y por una polvorienta carretera nos dirigimos hasta esa ciudad considerada “Celestial”.

Nos hospedamos en el Hotel Becerra, en pleno parque central, al que acudió un buen número de funcionarios públicos deseosos de escuchar las palabras de aliento de Doña Finita, quien hizo hincapié en la postura firme de defensa nacional por parte del presidente de la república. También se refirió al respaldo unánime de los expresidentes y de la sociedad ecuatoriana consolidando una posición sólida de dignidad.

Terminada la arenga laPrimera Dama solicitó que nos reuniéramos alrededor del televisor ubicado en una sala. para informarnos de las noticias nacionales. El dueño del hotel le dijo respetuosamente que sólo reciben la señal de América Televisión, un canal peruano. ¡Qué horror!, exclamó sorprendida. Bajó delicadamente su cabeza y se mantuvo pensativa, seguramente meditando con tristeza e indignación la injusta realidad de nuestros pueblos.

El conflicto terminó con la firma de la Declaración de Paz  el diecisiete de febrero de 1995. Este acuerdo estableció un alto al fuego inmediato y la separación de tropas bajo la supervisión de los países garantes: Argentina, Brasil, Chile y EE.UU. 

Para sellar el compromiso los presidentes de Ecuador y Perú decidieron realizar un acto simbólico de reapertura de la frontera en el puente internacional que une Huaquillas yAguas Verdes.  Desde tempranas horas la gente se arracimó de lado y lado con los ojos prendidos en los mástiles donde se izaron las banderas al son de los respectivos himnos nacionales. Terminado el acto protocolario los pobladores se precipitaron para abrazarse entre padres e hijos; hermanos, parientes, compadres y amigos, mostrando el rostro de una realidad que es la vivencia en las zonas de frontera.

La Guerra del Cenepa fue el último conflicto armado entre ambos países y sentó las bases para una paz definitiva a través del Acuerdo firmado el veinte y seis de octubre de 1998 en el Palacio de Itamaraty, Brasil, entre los presidentes Jamil Mahuad y Alberto Fujimori.

Antes se había producido el conflicto de Paquisha, ocurrido entre el veintidós de enero y el veintiuno de febrero de 1981, porque Ecuador estableció tres puestos de vigilancia en la vertiente oriental de la Cordillera del Cóndor: Paquisha, Mayaicu y Machinaza, zona que, según el Perú, consideraba su territorio y parte de la frontera no demarcada.

La fuerza aérea y el ejército peruano llevaron a cabo operaciones rápidas con el propósito de recuperar los puestos. Ambos países incrementaron su presencia militar en la zona lo que precisamente sentó un precedente de tensión que desembocó después en la antes mencionada guerra del Cenepa.

No obstante que estos enfrentamientos miliares se produjeron en la zona oriental el impacto lo sobrellevaron las poblaciones del cordón fronterizo comprendido por las provincias de Loja y El Oro. Esta triste realidad no la vivió el resto del país porque no tuvo afectación de ninguna naturaleza, sin que por ello se desconozca la preocupación por los hechos acaecidos y el espíritu cívico de los ecuatorianos expresado en manifestaciones que recorrían las calles céntricas de las ciudades, desplegando la bandera tricolor y cantando el himno nacional.

Pero la secuela más dura que padeció la provincia de Loja estuvo generada por la Guerra de 1941, que devastó las localidades de la zona fronteriza, especialmente Macará y Zapotillo.

No es el caso hacer un análisis de los hechos ocurridos por la incursión militar peruana, cuyos cuerpos eran en número y equipamiento muy superiores a los nuestros; mi propósito es hacer notorio el sufrimiento intenso que vivieron esos pueblos, como cuando los habitantes de Macará, con lágrimas de sangre se refugiaron ante el avance peruano mientras la ciudad quedaba desolada y reducida a ruinas.

En cuanto a Zapotillo, sus habitantes vivieron experiencias extremadamente dolorosas y difíciles de soportar porque finalmente las tropas peruanas quemaron el pueblo. No bastó la actitud heroica de Héctor Felicísimo Samaniego Mora un joven oriundo de Sozoranga que voluntariamente se integró al contingente militar ecuatoriano para defender con profunda convicción patriótica la heredad territorial; lo hizo consciente del potencial bélico del Perú que contaba con mil doscientos hombres; es decir, treinta soldados peruanos por cada soldado ecuatoriano.  

La guerra del cuarenta y uno concluyó en medio de dolor y sangre con la suscripción del Protocolo de Paz, Amistad y Límites entre Perú y Ecuador, el veintinueve de enero de 1942 en Río de Janeiro, Brasil, que delimitó la frontera y cedió al Perú territorios en disputa, modificando el mapa ecuatoriano.

Fue un enfrentamiento militar que dejó profundas cicatrices y la persistencia de tensiones que obligaron al poder político y militar del Ecuador a diseñar estrategias de defensa, entre ellas una considerada desastrosa para los pueblos fronterizos y para el interés provincial de Loja. Ocurrió que, calificando el asunto como un secreto de Estado, se impuso la “política de fronteras muertas”, con lo cual no se construían carreteras para evitar que los peruanos accedan fácilmente; no se iluminaron los pueblos para no ser identificados, y otras medidas lesivas.

Luego de algunos años los pueblos fronterizos fueron abatidos por la furia de la naturaleza: el terremoto de 1960 que arrasó con una parte de viviendas, muchas de las cuales eran de bahareque; la sequía que asoló los campos, entre 1968 a 1982, dando lugar a masivos movimientos migratorios; el terremoto de 1970; y, el fenómeno de El Niño en 1983.

A ello se ha sumado la actitud de indiferencia y apatía por parte del poder central. La situación en Zapotillo, por ejemplo, era calamitosa, no había luz eléctrica ni agua potable. No existía canalización. La infraestructura educativa era deficiente.  Realizar un viaje hacia el interior de la provincia de Loja constituía un verdadero problema y para trasladarse hacia el norte del país sus habitantes tenían que salir por el Perú y llegar a Huaquillas.

Se cuenta que el catorce de abril de 1974, el entonces gobernante Guillermo Rodríguez Lara visitó Zapotillo. La multitud lo recibió entonando el himno nacional. El mismo Presidente no podía creer el fervor cívico de la gente que al tiempo que cantaba derramaba lágrimas de emoción y desesperación.

Terminado el himno las quejas por parte de las autoridades locales no se dejaron esperar. Alguien pidió un vaso de agua para el Presidente y le informaron que solo había del río. El Presidente de la Junta Parroquial muy apenado le dijo que lamentablemente no tienen las facilidades para atenderlo como se merece. En ese momento el Jefe de Estado solicitó un teléfono, a lo que respondieron que el único que había era el del telegrafista pero que está reparándose; entonces pidió una radio, y la respuesta fue que solo tienen los militares y el aparato estaba en mantenimiento.

Rodríguez Lara reaccionó sensiblemente asombrado por la situación precaria que vivía el pueblo zapotillano y a través de su edecán impartió varias disposiciones con carácter de urgente, que afortunadamente se cumplieron. 

Cuando se suscribió el Acuerdo de Paz definitivo, el veintiséis de octubre de 1998, los lojanos sentimos que llegó el momento para que nuestros pueblos fronterizos se revindiquen y puedan desarrollarse, y para que la prosperidad sea el norte de nuestro futuro.

Al año y medio de haberse suscrito el acuerdo de paz entre ambas naciones, mi amigo Félix Paladines expresó: “Los resultados de la integración se comienzan a sentir de manera muy objetiva: el flujo de turistas provenientes del norte del Perú es creciente; se dinamiza el comercio y, consiguientemente, la producción. Las posibilidades de aprovechar ese crecimiento real del mercado abren un futuro muy prometedor para esta región del país”.

Pero a esta altura del tiempo, en circunstancias que nuestro empeño de desarrollo, especialmente turístico, se está encaminado con muy buenas perspectivas, inesperadamente se dicta la disposición de cerrar la frontera sur en la provincia de Loja, a través de un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana, difundido el veinticuatro de diciembre de 2025, aduciendo «razones de seguridad nacional». Se dice que la medida busca intensificar el combate contra el crimen organizado y los grupos armados que operan en las zonas limítrofes. 

El impacto fue inmediato: el puente internacional que conecta con Perú está cerrado lo que propicia la suspensión de actividades en el Centro Binacional de Atención Fronteriza (CEBAF). La Cooperativa de Transporte Loja suspendió sus rutas internacionales Loja-Piura, debido a la imposibilidad de realizar controles migratorios. De su parte los sectores productivos y comerciales de Macará y Zapotillo reportan pérdidas de hasta el 40%, profundizando la crisis en esos cantones.

Las autoridades locales de Sozoranga y Macará, y las cámaras de la producción, han solicitado formalmente al Gobierno revisar la medida, argumentando que el cierre de pasos legales no detiene el contrabando por pasos ilegales. 

Junto a ellos se han alzado voces altivas como las de Alfredo Suquilanda Valdivieso, figura política relevante que se destacó como alcalde de su hermosa tierra macareña en dos períodos, y la del brillante intelectual y articulista Diego Lara León, que a un corajudo artículo en el que muestra valentía y firmeza en sus argumentos, lo tituló: Otra vez tenemos que decirlo: ¡abran la frontera ya!   

A través de sus columnas periodísticas han reprochado la decisión adoptada, exigiendo al mismo tiempo analizar otra alternativa que no castigue inmisericordemente a nuestra dolida provincia que merece mejor suerte. Lo han hecho con dignidad, vehemencia y elevado espíritu de lojanidad, como debe ser la actitud de auténticos lojanos amantes de esta tierra valerosa.