Stalin Alvear, el intelectual que habló desde el pueblo

Wilson R. Castillo

Stalin Alvear fue uno de los últimos intelectuales con un serio compromiso con la cultura y la justicia social. No solo de nuestra ciudad, sino del país y de toda Latinoamérica. Su reputación y su respeto irrestricto por la cultura y la igualdad marcaron su vida y su legado. Su lenguaje literario, accesible y sencillo, revela su procedencia y humildad; uno de sus grandes dones radicó precisamente en su comunicación fluida, cercana al pueblo que tanto amó y en cuyo destino y bienestar depositó todas sus preocupaciones.

Sus fuerzas estuvieron al servicio de la difusión cultural de Loja y del Ecuador, siendo un embajador de la misma en diversas latitudes y espacios. Fue padrino de numerosos escritores nóveles, para cuyas obras escribió innumerables prólogos, siempre con una mirada crítica pero asertiva en sus comentarios y juicios. Nunca faltaron en ellos palabras de aliento, ternura contenida y sincera generosidad.

En Stalin Alvear fue constante la inquietud por la memoria. En su literatura se advierte el anhelo de preservar momentos, procesos y vivencias que, gracias a sus libros, perduran para quienes deseen revivirlos. En obras como Antes que me olvide, Tu casa, nuestra casa o Voces y pisadas, recopila testimonios personales desde una óptica política y social: su gestión como presidente nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, su relación con el legado de Benjamín Carrión y episodios que solo pueden comprenderse desde el apego y el corazón.

Su literatura abarcó el cuento y la novela. Obras como El menos pequeño de los burgueses (1984), Tres narradores lojanos (1993), El viaje de Simón Bolívar a Loja (2002), La muda que habla (2021), El reino de los vencidos o Trashumantes en busca de otra vida exploran los temas que atravesaron su ingenio y su visión universal: las migraciones, los destinos humanos, el arte, la cultura y el teatro como espacios de reflexión, desde una mirada que diseccionaba con lucidez los distintos escenarios en los que se desenvolvió.

Se va el amigo, el escritor, el profesional del derecho, el maestro de juventudes del Colegio Bernardo Valdivieso, el promotor cultural, el padre abnegado, el esposo admirado; el ser humano que hablaba despacio, con una voz límpida que descendía al corazón para alojarse en nuestras almas; el letrista de hermosos tangos, el defensor de la cultura popular y quien trabajó incansablemente por democratizar los espacios culturales y revalorizar el trabajo de los artistas y creadores del Ecuador.
Gracias por tanto. Gracias por todo apreciado doctor Stalin.