Loja no inventó el caudillismo, pero sí lo volvió rutina electoral: la política local como péndulo que regresa al mismo centro. Si hay un nombre que representa esa lógica de retornos y control territorial, es José Bolívar “El Chato” Castillo. Su carrera se proyecta desde el final de los setenta, hay registros que ubican su primera postulación a la Alcaldía en 1979, pasa por la diputación en 1984 y se consolida con cuatro alcaldías, la última iniciada en 2014.
El monopolio político no se construye solo ganando elecciones: se construye creando una “escuela” que organiza lealtades, distribuye candidaturas y administra símbolos. En 2006, el Movimiento Acción Regional por la Equidad (ARE), fundado por Castillo, se presentó públicamente como relevo del MIRE, con “marco ideológico” y una marca personal al centro. Esa arquitectura vuelve difícil separar al líder del proyecto.
El problema democrático aparece cuando el municipio deja de ser institución y se vuelve extensión del liderazgo. Un ejemplo técnico: una sentencia del Tribunal Contencioso Electoral describe a la televisión municipal como empresa pública del GAD y recuerda que el alcalde preside su directorio, mostrando cómo la frontera entre gestión y comunicación puede volverse difusa cuando el poder se concentra. Allí el disenso suele leerse como “deslealtad”, y la crítica como amenaza.
El límite social llegó en 2018. Con el 100% de actas procesadas, el CNE informó 70,92% por el “Sí” a la revocatoria del mandato del alcalde de Loja. En la discusión pública de la época se reiteraron conflictos con gremios y tensiones con medios; prensa nacional lo describió como una administración envuelta en polémicas, y organizaciones de libertad de expresión publicaron reportajes críticos sobre litigios y hostigamientos a periodistas.
Y sobre los nombres que suelen circular como “formados” por Castillo, más que una lista cerrada lo que se observa, en términos generales, es un patrón de fabricación de cuadros alrededor de un liderazgo dominante: personas que crecieron políticamente en la órbita municipal, aprendiendo el oficio desde la gestión cotidiana, la organización barrial, el manejo de conflictos y la construcción de relato público. Ese tipo de “formación” suele operar como una escuela práctica: se asciende por lealtad, desempeño operativo y capacidad de sostener el proyecto en territorio, y se aprende a leer el mapa local (barrios, gremios, actores culturales, medios) como un tablero político permanente. Con el tiempo, algunos de esos cuadros reproducen el estilo centralización, verticalidad, control del mensaje, porque es el método que conocen; otros, al consolidarse, intentan independizarse y chocan con el mismo núcleo que los impulsó, generando rupturas, disputas internas o reacomodos. En todos los casos, la característica común es que el capital político no nace de partidos programáticos sólidos, sino de redes construidas desde el poder local, donde la candidatura suele entenderse como “delegación” del líder o como licencia para representar su marca, antes que como resultado de una competencia interna abierta.
La moraleja para Loja es simple y dura: una ciudad no debería depender de “padres” políticos. Cuando un liderazgo se vuelve indispensable, la democracia se vuelve frágil. Romper el monopolio, de cualquier nombre, exige partidos con democracia interna real, gestión municipal profesional y periodismo que separe obra, propaganda y abuso de poder. Sin eso, el péndulo seguirá volviendo.
