Rafael Riofrío
Imaginemos dos ciudades. No como metáforas inocentes, sino como proyectos políticos reales, en disputa, que hoy se enfrentan en el Ecuador. La primera ciudad no nació de la caridad del gobierno. Fue levantada con organización popular y con líderes que entendieron que gobernar no es administrar miserias, sino ampliar derechos. En esa ciudad, el trabajo tiene límites porque la vida vale más que la ganancia: ocho horas bastan para producir. El descanso no es flojera, es salud. La educación no es un privilegio, sino una herramienta pública para liberar conciencias. La salud no se mendiga ni se endeuda, se garantiza. Hay vacaciones, deporte, arte, cultura, porque el tiempo libre también es un derecho conquistado.
La otra ciudad es distinta y profundamente desigual. Allí nunca se ganó un solo derecho desde abajo. Todo fue impuesto y defendido con miedo. Se trabaja hasta el agotamiento mientras el salario apenas alcanza para sobrevivir; la deuda reemplaza al sueldo y el futuro se hipoteca desde joven. La salud es un negocio, la educación una mercancía, y la inseguridad la excusa perfecta para militarizar la pobreza. Cuando el pueblo reclama, el poder responde con represión, cárcel y silencio. Se habla de “libertad” mientras se precariza el trabajo, se eliminan garantías y se criminaliza la protesta. Es la ciudad donde la dignidad es un lujo y la desigualdad, una norma.
No es casual que, frente a este escenario, cuando ganó Daniel Noboa, muchos hayamos dudado: “Si triunfó la derecha o la caprichocracia. Si era el regreso del conservadorismo más radical, o la arrogancia de la limitación intelectual”. Hoy esa duda se disipa. La segunda ciudad se parece demasiado al llamado “Nuevo Ecuador”, un país donde el abuso y el irrespeto a los derechos humanos se presentan como ley y orden, donde se vende modernidad mientras se profundiza la exclusión.
Nos dicen que no hay alternativa, que el sacrificio es inevitable, que los derechos son un gasto. Pero la historia demuestra que cada derecho fue una conquista frente a quienes los niegan. La pregunta no admite neutralidad. ¿Queremos vivir en la ciudad del miedo y la obediencia, o en la de la dignidad y la justicia social? Es el momento de construir una Patria digna, donde la vida esté en el centro y no el negocio.

