Ontología, apropiación y ataraxia lectoras

Galo Guerrero-Jiménez

La afirmación de que la lectura es magia, ensoñación, crecimiento personal, apertura de horizontes, conocimiento, razonamiento, ficción, ciencia, arte, recreación, compromiso con la vida, educación y formación permanente y, en fin, son epítetos saludables; pero, también se dice que es un riesgo leer,  una pasadera de tiempo, inutilidad, sin sentido, una tortura; e incluso, se afirma: qué sentido tiene leer hoy en la era de tanto dispositivo electrónico en donde todo consta no solo en palabras o información escrita, sino en sinnúmero de dispositivos visuales, grabaciones y mensajes narrativos de audio que remplazan al texto escrito.

Lo cierto es que, cuantas más opiniones aparezcan a favor y/o en contra de nuestra condición humana a partir de una actitud de lectoescritura, es porque representa un papel fundamental en el desarrollo y trayecto de la vida, representados a través del ejercicio lingüístico y cognitivo que nos vemos obligados o congraciados desde nuestra condición antropológica, biológica, dialéctica y ontológica para relacionarnos social, educativa y culturalmente con la otredad, que es la que nos permite ejercer el patrimonio de la palabra para comunicarnos desde el pleno derecho al que tenemos acceso desde nuestra condición educativa y ecológico-contextual.

Para ello, los diversos medios de comunicación están a la disposición personal y comunitaria para bien actuar o, lamentablemente, para mal actuar cuando aún no hay un despertar de conciencia para educarnos bajo los parámetros cerebrales de nuestra frágil o robusta cognición mental que es la que nos permite procesar todo tipo de información para pensar y actuar pragmáticamente: razonando, memorizando, percibiendo, recordando, resolviendo problemas para la toma de decisiones que desde el lenguaje las podemos hacer evidentes bien sea al hablar, al escribir, al leer, al escuchar o al gestualizarlas a través de nuestro cuerpo y utilizando los medios tecnológicos que estén a nuestro alcance.

Tal es el caso de la lectura que, dependiendo de la oportunidad que se tenga a lo largo de nuestra formación y educación, nos encamina, por lo general, a sostener que, como señala el escritor ecuatoriano Iván Égüez, “para leer se necesita de un adiestramiento, pero se debería aprender a leer como se aprende a hablar, de manera natural. Me refiero no tanto al proceso de decodificación sino al de apropiación y participación. De hecho, la vida es una lectura que se muestra y se oculta a sí misma. La capacidad de leer está en el humano como un poder dormido, para convocarla se necesita de la confluencia de ocasión e intereses, concentración y deseo, pero sobre todo del desafío a la dificultad, de la capacidad de asombro, de la posibilidad cierta de conmoverse” (2003).

De ahí que, para que tenga el más alto sentido de proyección humanística, y según la experiencia que el lector vaya adquiriendo, se la puede asumir desde un compromiso ataráxico y ontológico, es decir, como pedagógicamente lo señala el científico español Mario Alonso Puig, desde el respiro del mindfulness, es decir, considerando “que donde aparece que no hay más que inseguridad, sufrimiento y desolación, encontremos también una sorprendente serenidad. Lo que de verdad cuenta es que en esos difíciles momentos puede llegar a emerger de lo más profundo de nuestro Ser algo radicalmente transformador. Esto que surge es una paz imperturbable, una alegría interior, una sabiduría, una capacidad de comprensión, una vitalidad, una confianza, una gratitud y un amor compasivo de tales características que con frecuencia desafían lo conocido y experimentado hasta ese mismo instante” (2018) en que, el lector se apropia de los beneficios que todo proceso lector experimenta ataráxica y ontológicamente.