
En la provincia de Loja, el fuego se ha vuelto costumbre. Durante la última década, los incendios forestales han marcado el ritmo de la temporada seca, repitiéndose con mayor intensidad en cantones como Quilanga, Espíndola, Loja, Catamayo, Saraguro y Gonzanamá, según registros de Global Forest Watch.
Pero hay una pregunta que pocas veces se formula: ¿estos paisajes nacieron para arder?
El fuego es, en muchos ecosistemas del planeta, un agente ecológico natural. Existen bosques y sabanas que evolucionaron con él y dependen de su recurrencia. Pero los bosques andinos del sur del Ecuador no pertenecen a esa categoría. Son ecosistemas sensibles al fuego. Sus suelos, su regeneración y sus especies no están adaptados a incendios frecuentes y severos.
Sin embargo, la transformación del paisaje —expansión de pastizales, plantaciones forestales homogéneas y acumulación de material combustible— ha ido convirtiendo territorios naturalmente diversos en sistemas artificialmente dependientes del fuego.
“El fuego no es el problema cuando el ecosistema nació con él; el problema es forzar a arder a un paisaje que nunca evolucionó para resistirlo”, reflexiona Jimmy Japón, investigador y líder del proceso local de conservación.
Desde hace más de ocho años, junto a un equipo de jóvenes profesionales vinculados a la Universidad Técnica Particular de Loja y al colectivo EcoClub Quilanga, Japón estudia a la vizcacha ecuatoriana, un mamífero descrito oficialmente en 2009 y catalogado en peligro crítico.
La especie tiene un desafío particular: habita en pajonales rocosos y montañas específicas, espacios altamente restringidos que coinciden, trágicamente, con las zonas más vulnerables a incendios forestales.
En 2024, el gran incendio de Quilanga consumió cinco localidades de vizcacha. Lo que quedó fue un paisaje ennegrecido y silencioso. Para una especie estrictamente herbívora, la pérdida de vegetación significaba riesgo inmediato de desaparición local.
Con el apoyo de Naturaleza y Cultura Internacional, se implementaron medidas de emergencia: monitoreo intensivo y provisión de forraje para los individuos sobrevivientes. Los resultados fueron alentadores. La vizcacha resistía. Pero la lección era clara: no bastaba con reaccionar, había que anticiparse.
En 2025, el equipo decidió escalar la respuesta. Postularon al Fondo para la Conservación de Especies de Fonseca, liderado por Re:wild y apoyado por el GEF, una convocatoria internacional dirigida a conservacionistas menores de 35 años en América Latina y el Caribe.
Su propuesta, “Protegiendo el Hogar de la Vizcacha Ecuatoriana de los Incendios Forestales”, fue la ganadora.
El proyecto se basa en dos pilares
El primero es técnico: implementación de barreras de protección perimetral en vizcacheras prioritarias; apertura de franjas cortafuegos diseñadas mediante análisis espacial multicriterio, considerando el área de campeo de la especie; erradicación controlada de pino (Pinus spp.), especie invasora altamente inflamable; remoción de material vegetal seco; y fortalecimiento de “líneas verdes”, es decir, núcleos de bosque nativo que funcionan como cortafuegos biológicos naturales.
El segundo pilar es social: construcción de gobernanza local. Academia, organizaciones como Fundación Ecológica Arcoíris y Fundación Amazonía Productiva, gobiernos autónomos descentralizados y propietarios de tierras trabajan de manera coordinada.
Hasta ahora, siete sitios críticos han sido blindados frente al fuego, combinando reducción de carga combustible y fortalecimiento de barreras naturales. El trabajo continuará antes de cada temporada seca, cuando el riesgo se intensifica, con mantenimiento anual de las franjas cortafuegos y recuperación progresiva de vertientes y montañas con vegetación nativa.
Más allá de la especie, el debate es más profundo

“La homogenización del paisaje nos hace más vulnerables”, sostiene Japón. “Hemos copiado modelos productivos de otras latitudes sin preguntarnos si nuestros ecosistemas los soportan. Nos gusta que todo sea uniforme, pero la naturaleza funciona en diversidad. Cuando eliminamos esa variabilidad, el fuego encuentra el escenario perfecto.”
En una provincia donde las llamas parecen repetirse cada año, esta iniciativa propone algo distinto: no solo apagar incendios, sino reconstruir paisajes capaces de resistirlos.
Salvar a la vizcacha ecuatoriana no es únicamente conservar una especie rara. Es reconocer que no todos los territorios nacieron para arder, y que proteger su diversidad es, en última instancia, proteger nuestra propia resiliencia.
