P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
El camino que nos lleva a contemplar a Jesús en su pasión, muerte y resurrección tiene varias etapas, como las estaciones en un viaje con un destino conocido, pero lleno de misterios que cambian el modo de vivir nuestra historia cotidiana. La Palabra de Dios, escrita en clave de amor y obediencia, describe con realismo los momentos que trastocan los planes de hombres y mujeres que influyen en la vida de su pueblo. El libro del Génesis narra la vocación y misión de Abram. Nos encontramos con un padre de familia, sencillo, trabajador y lleno de fe. En él destacamos dones y carismas que recibe de Dios.
Con ellos empieza la travesía por el desierto hacia una tierra, llena de promesas, que no conocía. El Señor le dice: “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré”. Abram escucha. Empieza una peregrinación con la compañía de su familia. Todos forman parte de un clan seminómada. La promesa, el premio a su desprendimiento, lo convertirá en el padre de “un gran pueblo”. Recibirá la bendición, como el escudo más valioso que le va a garantizar seguridad y prosperidad. El nombre de Abram, primer patriarca de Israel, tendrá fama y bendiciones. Abram “partió como lo había ordenado el Señor”. La confianza en la palabra del Señor, proclamada por el autor del Salmo 32, irradia paz: “Sincera es la palabra del Señor y todas sus acciones son leales”. La oración de los santos infunde fortaleza y fervor espiritual.
No faltarán, como escribe San Juan de la Cruz, noches oscuras, largos caminos para llegar a la cima del monte en el que nos espera el Señor. En los caminos de Dios encontramos grandes desiertos. La siguiente estación la narra San Pablo en su segunda carta a Timoteo, testigo de la fe y misionero incansable. Le escribe: “Comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios…Él nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso Él gratuitamente”. La promesa hecha a Abram tiene pleno cumplimiento en Jesucristo “que destruyó la muerte y ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad…”.
Pablo desnuda su espiritualidad, llama de amor, viva y transparente, centrada en una entrega incondicional al anuncio del Evangelio. Este viaje hacia la cruz y la luz llega a un nivel de intensidad al que hay que vivirlo con cercanía, contemplando al amor que ama sin medida. En el Evangelio según San Mateo, Jesús sube a un monte elevado, el Tabor, con los discípulos predilectos, Pedro, Santiago y Juan. Cada uno de ellos escribirá, con su sangre, el testamento del pecado y la gracia, perdón y misericordia. La ruta hacia la cruz exige desprendimiento y testimonio. Las palabras de Jesús, marcadas por un imperativo divino, los despierta y los envía: “Levántense y no teman”. Les pide fortaleza y prudencia. Jesús, transfigurado les conmina: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado…”. En amor y obediencia, Jesús entrega su vida.
