
La huella del insigne compositor quiteño Cristóbal Ojeda Dávila perdura en la memoria cultural, mientras el espacio que honra su nombre en Loja evidencia deterioro, descuido y falta de preservación.
Trayectoria
Cristóbal Ojeda Dávila fue una figura emblemática del pentagrama nacional. Consolidó una trayectoria que trascendió generaciones y que gracias a su sensibilidad creativa y profunda conexión con el sentir popular, sus piezas memorables como “Alma Lojana”, “Ojos Negros” y “Alejándose”, representan la esencia romántica de una época marcada por la intensidad emocional y el compromiso artístico.
Nacido en Quito el 26 de junio de 1910, hijo del Dr. Ramón Ojeda y Leonor Dávila, evidenció desde temprana edad una inclinación hacia la música. Su formación inició en la Escuela de los Hermanos Cristianos del Cebollar y continuó en el Conservatorio Nacional, donde destacó por disciplina y talento excepcional. Su carácter afable y espíritu apasionado lo posicionaron como referente entre la sociedad capitalina.
Durante su estancia en Loja, ciudad que acogió su talento por invitación de Luis Emilio Eguiguren, desempeñó labores docentes en el colegio Bernardo Valdivieso, impartiendo clases diversas danzas modernas de la época. En este entorno cultural fortaleció vínculos con destacados poetas y cantantes locales como Eduardo Mora, José María Burneo, Marco Antonio y Miguel Vélez. En ese periodo, una de sus composiciones alcanzó reconocimiento internacional tras obtener un premio en un certamen convocado por la Scala de Milán, distinción que proyectaba un prometedor futuro en escenarios de alto nivel.
Sin embargo, su vida fue abruptamente truncada el 31 de agosto de 1932, cuando una bala perdida, en medio de la Guerra de los Cuatro Días, acabó con su existencia a los 22 años. A pesar de su corta trayectoria, su legado logró expandirse desde círculos populares hasta conquistar audiencias en América Latina, cautivadas por la profundidad y ternura de sus pasillos.
Monumento
En la ciudad de Loja, un monumento erigido en su honor se levanta en la plaza que lleva su nombre, ubicada en la intersección de la avenida Emiliano Ortega y la calle 24 de Mayo. Este espacio, que debería constituir un símbolo de identidad y memoria colectiva, presenta actualmente un estado de abandono preocupante. Paredes con grafitis y acumulación de basura, especialmente en la pileta, reflejan una alarmante falta de cuidado ciudadano.
Esta situación plantea la urgente necesidad de acciones concretas orientadas a la recuperación y conservación de un sitio que representa no solo a un artista, sino a una parte fundamental de la historia musical ecuatoriana.(I).
